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Dedicado a la memoria de Diego Manzano López, que fuera presidente de la Federación de Asociaciones Murcianas de Discapacitados Físicos.
Conducía camino a Murcia para pasar mis bien merecidas vacaciones estivales cuando sonó mi teléfono móvil. Una vez aparcado (quede esto claro para que no me vengan con una presunta infracción) contesté a la llamada que me hacía Alicia. La noticia era mala: "Anoche murió Diego Manzano. Me voy al tanatorio. Te espero allí".
Con kilómetros de solitaria conducción por delante tuve tiempo de pensar, de recordar, de reflexionar y, sobre todo, de sentir la profunda pena que hería el corazón tras la noticia recibida.
Yo sabía que Diego no se encontraba bien. Pocas semanas antes había podido charlar con él y me había dicho que las cosas no marchaban. Que su salud cada día estaba más resentida. Pero entonces no podía pensar que estuviera cercano un desenlace fatal. Diego se había sobrepuesto a otros momentos adversos y esta podía ser una crisis como las anteriores. En algún momento podía suceder algo así y Diego era de carne y hueso como el resto de los humanos. Nadie quería ni pensarlo. De otros se podía esperar, pero de él… más valía no pensarlo.
Lloré sin lágrimas la pena del amigo perdido. Lamenté la ausencia, para siempre, del mejor de los "discutidores" con el que me he podido enfrentar. Dicen que antes de morir por nuestra mente pasa, como una película a toda velocidad, las imágenes de nuestra vida. Ocurre que también cuando alguien querido abandona este mundo nos pasa por la mente esa misma película de los hechos vividos junto a él.
Rememoré tantos momentos pasados con Diego desde el momento en nos conocimos a distinto lado de una mesa de despacho. Yo en mi calidad de "jefe del servicio de los cojos" (como le gustaba llamar a mi responsabilidad de jefe de sección de minusválidos en la Dirección General de Bienestar Social) y él como representante de Hemofilia Murcia. Ambos en la misma franja de edad, jóvenes entonces, y con responsabilidades encontradas. Yo tratando de defender los criterios marcados para la concesión de ayudas a las distintas asociaciones del sector de la discapacidad y él para manifestar su justa reivindicación de mayores aportaciones por parte de la Administración a la cobertura social de las personas con discapacidad en la Región de Murcia. La base de esta relación era ingrata. En los pasillos de "la quinta planta" del edificio de Sanidad se debe escuchar por la noche el eco de las voces con que ambos defendíamos nuestras posturas. Eran unos sabrosos enfrentamientos. El pulso de dos "jóvenes promesas" en la intervención social, cada uno desde una postura distinta, pero siempre complementaria.
Pese a todo ello, siempre fue sencillo tratar con Diego. Nunca llegamos a compartir nuestro enfoque sobre el tema de la acción social en materia de discapacidad. Pero siempre respetamos la postura del otro. Nunca personalizamos nuestros enfrentamientos. Siempre supimos desde qué postura hablaba el otro y cumplimos bien con el viejo precepto del "póngase usted en mi lugar".
De aquella relación institucional y enfrentada nació una relación personal y solidaria. Diego representaba a "sus cojos" y yo trabajaba con leal dedicación para el grupo social que conforman las personas con discapacidad. Aquello no podía menos que unirnos. Su visión del mundo, de un mundo que le había negado tantas posibilidades por una mera condición física, era la del aguerrido luchador. Pese a sus reconocidas limitaciones en materia académica, Diego tenía alma de líder. De ello fue consciente muy pronto. Se le vino encima esa tarea casi sin él proponérselo. Cuántas veces me llegó a decir que él no quería ser presidente de nada, qué él no valía para eso. Pero no quería ser representado por otros a los que veía menos ímpetu y dedicación de los que él mismo podía dedicar. Llegó a abandonar el liderazgo de FAMDIF y no tuvo más remedio que volver a retomarlo (esta vez casi por aclamación popular). Pero siempre siguió diciendo que él no quería asumir tanto. Que si lo hacía era porque los que podían no querían y los que querían no podían.
Han pasado más de dos años desde que Diego Manzano nos dejó. Su muerte supuso un duro mazazo en su entorno. Recuerdo cómo en el tanatorio (concurridísimo, como no podía ser menos) y durante su entierro, todos miraban a su alrededor haciendo la misma pregunta: "¿quién sustituirá a Diego?". Menos mal que él ya no estaba, su disgusto hubiera sido monumental. Nunca manifestó estar por encima de los demás. Pero siempre fue consciente de que podía dedicar más esfuerzos personales que otros para una causa que le era propia: "la dignidad de las personas con discapacidad".
No era ni bueno, ni malo. Era Diego. Una persona llena de virtudes y defectos. Como todos. Quién no recuerda sus acaloramientos. Quién ha olvidado su alta exigencia para todos los que le rodeaban. Alguien me dijo un día: "Diego es un negrero, pero a ver cómo respondes ante una persona que trabaja muy por encima del nivel que los demás podemos dar". La exigencia hacia los demás partía de una exigencia consigo mismo superior a los demás. Y eso lo estuvo haciendo hasta el último de sus días. Hasta el mismo día en que tuvo que ingresar en el hospital para pasar sus últimas jornadas.
Tampoco podemos olvidar su apoyo incondicional y la defensa a ultranza (hasta la extenuación) de "los suyos". No escatimaba ningún esfuerzo. No daba su brazo a torcer con facilidad. Su lealtad era total, a veces extremada. Así era Diego.
Todavía hoy tengo a Diego en la retina. Como si en cualquier momento fuera a volver a entrar en mi despacho reclamando, reivindicando, batallando y sonriendo como sólo él sabía hacer. De todo… me quedo con su sonrisa.
Carlos Egea García
29 de septiembre de 2004
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