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Cuando uno tiene la enorme suerte de poder viajar a otros países con el objetivo de compartir sus conocimientos y experiencias es cuando se da cuenta de la importancia que tiene la llamada "cooperación internacional". Yo vengo gozando de este privilegio en los últimos años, y espero que así continúe por bastante tiempo.
Muy recientemente he realizado un viaje a Guatemala, cuyo propósito era impartir un curso sobre los conceptos y la aplicación de la Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud, promulgada por la Organización Mundial de la Salud. Durante el viaje de regreso pergeñé unas notas para escribir este pequeño artículo, que ahora pongo a disposición de todos. El mazazo del 11 de marzo en Madrid, con sus bombas, muertos y heridos, hizo que cambiara de intención y hube de retrasar la edición de lo ya planeado. Pero llegó el momento y estas son mis reflexiones.
Los que vivimos en los llamados "países desarrollados", entre los que cuento a España, no nos damos cuenta de la situación en la que nos encontramos hasta que, girando la vista entorno nuestro, vemos que la realidad de otras sociedades que conviven con la nuestra están en una ingrata situación de desventaja. Los españoles tenemos la mala costumbre de hablar de nuestro servicio postal, de nuestros medios de transporte o de otros servicios a nuestro alcance como de "servicios tercermundistas" cuando éstos no funcionan al nivel de nuestras expectativas momentáneas. No quiero hacer un retrato de abusivo optimismo ni caer en el "España va bien", sino que me gustaría situar a cada cosa en su sitio para que no nos llevemos a engaño.
Desde nuestro país podemos hacer las comparaciones que estimemos oportunas para ver en que situación nos encontramos en el panorama internacional. Debemos, eso sí, hacerlas con cautela y objetividad. No es mi intención hacer un análisis general de todo lo que nos rodea y los muchos y diferentes servicios y recursos que pone a nuestra disposición la sociedad actual. Me centro en el campo de la discapacidad, tema de este sitio como declara su cabecera.
Podemos mirar hacia aquellos países que consideramos más avanzados que el nuestro (los países del norte de Europa o América) y tratar de sacar en la comparación los defectos que encontramos en nuestra legislación, en nuestra red de servicios y recursos, en los niveles formativos o en cualquier otra parcela. Posiblemente existen diferencias entre unos y otros. Encontraremos las desventajas que, en la mayoría de los casos, provienen de la distinta situación económica de los países con los que nos comparemos. Pero, con carácter general, no hallaremos diferencias abismales e insalvables que nos coloquen en tal situación de inferioridad que haga de nosotros receptores necesarios de apoyos incondicionales. Es bien cierto que no podemos, ni debemos, obviar esa perspectiva que propende a un enriquecimiento en nuestro entorno. Pero no ha de nublar nuestra percepción de avanzar sin perder de vista los compañeros de viaje.
Por tradición y por historia, España tiene unos vínculos estrechos con los que me gusta llamar "países de la América Ibérica" (como haría mi maestro Demetrio Casado). Estos países miran a España con el ansia que desde aquí hemos mirado a Alemania o a los países nórdicos. Tienen su vista puesta en nosotros y sus esperanzas en nuestro decidido apoyo y cooperación. Es en este entorno en el que quisiera colocar mis reflexiones. La razón que motiva esto es que con ellos compartimos algo más que historia. Compartimos una misma lengua, que hasta en Brasil es bien comprendida y aceptada.
Desde México hasta Chile y Argentina, millones de personas hablan con la lengua que allí llevaron los "conquistadores" españoles del siglo dieciséis. Hablar el mismo idioma facilita el intercambio entre todos estos países y entre ellos y España. Hacia nuestro país se tiene una visión entre envidiosa y esperanzada. De nosotros se espera la protección maternal y se desea el incondicional apoyo de quien ha puesto en marcha una forma de vida.
Pero lo más relevante es la diferente situación económica en la que se encuentran ambas orillas del Atlántico hispano hablante. No hay más que viajar por cualquiera de los países americanos de habla castellana para apreciar el distinto nivel de desarrollo en el que nos encontramos. Ellos aspiran a acortar las diferencias que nos separan y esperan de nosotros que les tendamos una mano amiga y cómplice para poder acelerar el proceso de reducción del abismo que nos separa.
Las situaciones de marginación social son las que son y están descritas en los manuales de servicios sociales. Mi pensamiento personal es que cualquiera de estas situaciones marginales se ve aliviada, cuando no superada, mediante una economía saneada. El fenómeno de la pobreza va íntimamente ligado a la marginación social. De ello no escapa la discapacidad. Con medios económicos no se consigue absolutamente todo, pero es evidente que, como dicen en mi pueblo, "las penas con pan son menos". En otras palabras, una buena situación económica provee de medios para paliar muchos de los efectos negativos que puede provocar la discapacidad. Por la misma razón, la ausencia o escasa presencia de recursos económicos conlleva un agravamiento de las situaciones personales que puede provocar la discapacidad.
Por lo tanto, lo primero que se espera de España en los países de la América Ibérica es que propiciemos la evolución económica favorable en cada uno de ellos para salir de la esfera de los eufemísticamente llamados "países en vías de desarrollo". La transferencia de recursos económicos siempre será prioritaria a la hora de solicitar nuestra ayuda. Pero ésta no es la única línea de colaboración que esperan de nosotros y, personalmente, no creo que sea la más importante. Nuestros conocimientos y nuestra experiencia les son tanto o más importantes que el poder recibir nuestro apoyo económico. Como un alto directivo de una importante asociación pro-discapacitados me comentaba, necesitan saber cuáles son los atajos que deben tomar para acortar la distancia entre uno y otro lado del Atlántico.
Las aportaciones que podemos hacer los profesionales del campo de la discapacidad, los gestores de servicios y recursos, así como los representantes de entidades relacionadas con la discapacidad, en forma de intercambio de experiencias, de formación especializada o de aportación documental (por poner sólo unos ejemplos), son de incalculable valor. No somos plenamente conscientes de lo que podemos llegar a aportarles, hasta que lo vivimos personalmente.
En la América Ibérica no tienen las posibilidades de acceso a la documentación de la que nosotros disponemos. Esto, en parte, se ha visto paliado con Internet, pero allí sigue habiendo un uso muy limitado de este tipo de servicio (por cuestiones económicas y técnicas). También es muy importante que ellos accedan a nuestra experiencia y nuestra práctica, siempre con un enfoque que les conduzca a no caer en los mismo errores que nosotros hemos cometido e ir buscando atajos que les acerquen más a nuestra posición.
Ahora es el momento de formular propuestas viables. Amén de los programas de cooperación para el desarrollo, que la mayoría de nuestras administraciones llevan a cabo, deberíamos esforzarnos en transmitirles esos conocimientos y poner a su disposición la documentación con la que nosotros contamos. Si desde cada una de nuestras administraciones se afrontara el costo del desplazamiento de profesionales (al menos una o dos veces por año) que llevaran al otro lado del Atlántico nuestra experiencia estaríamos aportando algo de un valor incalculable para ellos. Por menos de 2.000 euros un profesional español (que siempre sería recibido y acogido excelentemente) se puede desplazar y compartir conocimientos, que también redundan en beneficio de nuestras administraciones, ya que los profesionales desplazados aprenden de otras realidades distintas y aprecian el beneficio de la diferencia.
Junto a estos desplazamientos y la presencia física, está la posibilidad de la presencia virtual, que nos proporciona Internet. Poner, de forma gratuita, documentación en la Web para que pueda ser consultada en cualquier parte del mundo o realizar conexiones, mediante teleconferencia, para hacer llegar nuestros conocimientos, son de las opciones más apetecibles para realizar esta tarea de cooperación.
Estas no son más que mis reflexiones. Pero de todo ello destacaría la necesidad de que pensemos que en este mundo, cada vez más global, no estamos solos y que pequeños esfuerzos locales, sumandos, pueden llegar a ser grandes impulsos para que la justicia y el bienestar puedan estar mejor distribuidos. Y esto también debemos saber aplicarlo a la discapacidad.
Carlos Egea García
24 de marzo de 2004
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