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Atención Temprana en el marco de la CIF

(Escrito para mi intervención en la Jornada de Atención Temprana de AGAT en Vigo)

En mayo de 2001, la Asamblea Mundial de la Salud dio el visto bueno a un nuevo miembro de su “familia de clasificaciones” con la aprobación por parte de 191 países asistentes. La Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF) (nota 1) nacía como heredera de la Clasificación Internacional de Deficiencias, Discapacidades y Minusvalías (CIDDM) (nota 2), del año 1980, y como herramienta complementaria de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE), que va por su versión décima.

El proceso había sido largo, desde el año 1995 se venía trabajando en él. Surgió dicho proceso como una revisión de la CIDDM y, así, los borradores aparecían con las siglas CIDDM-2. La conclusión llevó a la creación de una nueva clasificación que revisaba completamente la conceptualización de la discapacidad, un cambio radical en la terminología aplicada y proponía hasta unas nuevas siglas.

No obstante, podemos seguir observando cierto paralelismo entre la CIDDM y la CIF, particularmente en lo que se refiere a distintos niveles (con diferentes escalas cada uno) dentro de un mismo proceso. Aunque, también, observamos notorias novedades, principalmente en lo que se refiere a la inclusión de los factores contextuales (personales y ambientales).

Veamos, someramente, cuáles son estas novedades en la CIF con respecto a su predecesora.

En primer lugar, se abandona la visión lineal y de relación causa-efecto que proponía la CIDDM. Así, en ésta se hablaba de que la enfermedad podía producir una deficiencia, ésta una discapacidad y desde las dos anteriores se podía llegar a una minusvalía. En la CIF se propone un esquema multidemesional donde cada uno de sus componentes produce efectos sobre el resto. Es decir, la enfermedad (ahora denominada condición de salud) afecta por igual a las deficiencias, a las limitaciones en la actividad (que vienen a sustituir a las conocidas en la CIDDM como discapacidades) y a las restricciones en la participación (sustitutas a su vez de las anteriores minusvalías). Además, sobre todo lo anterior, hay que considerar que influyen los factores contextuales, en sus dos vertientes: personales y ambientales.

El cambio terminológico ha sido muy relevante y merece su comentario. Empezando por el cambio realizado sobre el concepto global del fenómeno que prosigue a la aparición de una determinada condición de salud (entendida esta como cualquier enfermedad, trastorno o accidente). El concepto de funcionamiento se considera como un término global que hace referencia a todas las funciones y estructuras corporales, a la actividad y a la participación, situando en el polo opuesto el término discapacidad (que deja de ser uno de los niveles para ser un término paraguas) englobando las deficiencias, las limitaciones en la actividad y las restricciones en la participación. Todo ello en el marco conceptual de la salud y de los estados relacionados con la salud (entre otros: educación, trabajo, etc.) y teniendo en cuenta en que ambiente y sobre que persona actúan, bajo la denominación de factores contextuales.

Con una pretensión exclusivamente didáctica, podríamos decir que las deficiencias en la CIDDM se corresponden con idéntico término en la CIF (en tanto alteración de las funciones o de las estructuras corporales), a las discapacidades de la CIDDM le corresponden en la CIF las limitaciones en la actividad (entendidas como las dificultades que el individuo puede tener en el desempeño o realización de tareas o acciones) y a las minusvalías de la CIDDM le corresponden las restricciones en la participación (como problemas que un individuo puede experimentar al involucrarse en situaciones vitales).

El difuso límite entre el desempeño de una actividad y la participación que ésta puede suponer se ha solventado estableciendo una única escala (Actividades y participación), donde podemos establecer la diferente consideración mediante los calificadores desarrollados a tal efecto.

La novedosa aportación de considerar los factores contextuales para determinar el impacto de una condición de salud sobre el individuo, ha sido la mayor aportación que se ha realizado al enfoque bio-psico-social que ya se vislumbraba en la anterior clasificación. Problemas para su aplicación multicultural han dejado sin contenido a una de las dos escalas que se pretendían desarrollar, la referida a los factores personales (en la que se incluirían edad, genero, educación, profesión, experiencias, carácter, etc). La segunda escala de este apartado, factores ambientales, sí se ha desarrollado y la constituyen el ambiente físico, social y actitudinal en el que las personas viven y conducen sus vidas.

No encontraremos a lo largo de las distintas escalas de la CIF términos negativos como ítems de las mismas. Se ha descrito el funcionamiento, en tanto que cuerpo, actividad y participación, y serán los calificadores que apliquemos a cada ítem los que nos indiquen el grado de problema o pérdida (generalmente como ligero, moderado, grave o completo).

Como buena clasificación con amplias pretensiones y aplicación multifacética, en su desarrollo no encontraremos el nivel que satisfaga a aplicaciones especializadas. Entre sus objetivos no se encuentra el pretender ser una herramienta diagnóstica, cuestión que deja a las ya existentes o estén por venir de cada área concreta. Sus pretensiones se encaminan a conseguir una lenguaje común entre campos profesionales distintos que facilite la comparación de datos y proporciones una base científica para la mejor comprensión y estudio mediante un esquema de codificación sistematizado.

La Atención Temprana (AT), entendida como el conjunto de actuaciones que se orientan a una pronta intervención sobre situaciones que hayan producido o puedan producir una discapacidad (nota 3), se ve involucrada en el campo de aplicación de la CIF y se puede beneficiar de la misma.

Por definición, la AT tiene una consideración interdisciplinar y transdisciplinar. Son equipos multiprofesionales los que la aplican y por lo tanto precisan de un marco común conceptual y una terminología que les sea útil, a todos, para la transmisión de su información y el mutuo conocimiento de los datos que manejan. En tal sentido, la CIF se presenta como una herramienta útil, siempre que no caigamos en el defecto de tratar de hacer de ella una herramienta diagnóstica que, ya dejamos claro, no pretende serlo.

La terminología positiva empleada y su aplicación a todos los fenómenos de la salud y los estados relacionados con la misma nos permite un uso más adecuado a una intervención sobre trastornos en el desarrollo (como procesos dinámicos) y sobre la existencia de riesgos (tanto en el plano biológico, como en el psicológico o en el social). La aplicación de calificadores en los distintos ítems que componen las escalas de la CIF, nos permiten una observación de las circunstancias de cada individuo anticipando la aparición de problemas y graduando la existencia de estos.

Coincide el carácter global de la CIF (donde son tenidos en cuenta órganos, persona y entorno social) con el recogido en la definición de AT, donde se tienen en cuenta aspectos intrapersonales (biológicos, psicológicos, sociales y educativos) e interpersonales (familia, escuela, cultura y contexto social). En tal sentido la escala de factores ambientales es de gran utilidad para comprender la influencia y su mediación sobre tales aspectos (esperemos que, en su día, esto se vea complementado por una escala de factores personales que ha quedado como tarea pendiente).

La frustración previsible que se puede dar en los profesionales de cada campo específico de la AT habrá de superarse por la común tarea de afrontar la discapacidad como un fenómeno multifacético y para el que necesitamos marcos comunes de información para un conocimiento más extenso, intenso y, sobre todo, científico y técnico.

Documentos de referencia:

NOTAS:

  1. Manejamos para este artículo la edición realizada por el IMSERSO en el año 2001.
  2. Existen varias ediciones de esta clasificación en su versión en castellano realizadas por el IMSERSO (antes INSERSO), siendo la más antigua de 1983 y la última de 1997.
  3. Una más amplia y completa definición de Atención Temprana se puede encontrar en el “Libro Blanco de la Atención Temprana” desarrollado por el GAT (Grupo de Atención Temprana) y editado por el Real Patronato sobre Discapacidad en el año 2000 y que desde aquí suscribimos plenamente.

Carlos Egea García
23 de febrero de 2004

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