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Dignidad

Recientemente tuve la ocasión de leer una novela corta titulada "De vuelta en Palestina” (de José Luis Rodríguez Roldán). El autor tiene parálisis cerebral por sufrimiento fetal en el parto. Sus capacidades no incluyen la posibilidad de escribir y tiene grandes dificultades para la expresión oral. Para escribir la novela se tuvo que servir del apoyo de otras personas que ponían sus palabras por escrito. El resultado es una novela de amor y dignidad, bajo mi punto de vista, muy a tener en cuenta. Me gustaría tener ocasión de conocer personalmente al autor y saber si su ingenio literario se ha secado con esta novela o su caudal sigue manando para encontrar nueva expresión. Esta novela la he interpretado como una ficción y no, como suele acontecer con otros libros de autores con discapacidad, un relato de vida. Puedo equivocarme, me gustaría saberlo. En cualquier caso, dos horas de intensa lectura de una novela ácida, irónica y reivindicativa de la dignidad individual por encima de todo.

Todavía más cercana tengo la experiencia de ver la película “Mar adentro” de Alejandro Amenábar (de las pocas ocasiones que tengo de ver algo distinto de los filmes de Disney o de superhéroes a los que nos tienen sometidos a los que compartimos la vida con niños). El aireado caso de Ramón Sampedro (que quedó tetrapléjico a causa de un accidente de su vértebras cervicales en plena juventud) y su petición de realizar un suicidio asistido ocupó primeras planas durante mucho tiempo años atrás. La cobertura informativa provocó diversidad de opiniones y controversia entre los que estaban a favor del llamado derecho a morir dignamente y aquellos, que por motivos religiosos o de otro tipo, mostraban su opinión contraria a la postura de este gallego que ha llegado a “famoso” sin proponérselo. La película de Amenábar abre de nuevo la vieja herida y los foros se llenan de opiniones a favor o en contra, pese a que el director no ha querido en la película dar un claro pronunciamiento por su parte.

Éstos y otros hechos que acontecen en mi vida laboral en los últimos tiempos han motivado que haga una seria reflexión interna sobre un término que se ve envuelto en lo relatado con anterioridad: la dignidad. Define el Diccionario de la Lengua Española este término como “cualidad de digno” o, lo que es igual, “merecedor de algo”. Y ese algo, de qué se trata. No nos lo especifica el diccionario citado, pero sí nos lo resuelve el Diccionario Vox que define dignidad como el “respeto que merece alguien, especialmente uno mismo”. Por lo tanto la dignidad se basa en otro concepto, el de respeto. Sigamos hurgando en las entrañas de los compendios de palabras y sus significados y encontraremos que sobre el respeto tenemos dos vertientes. La referida al “acatamiento o la veneración” y la que alude al “miramiento, consideración o deferencia”. En la primera vertiente encontramos la intervención de una fuerza externa (que no tiene porqué ser necesariamente violenta), mientras en la segunda refiere la disposición que tengamos a actuar con nuestro semejantes. Buscamos la vinculación del término respeto, en su segunda vertiente, con otras palabras de nuestro vocabulario y encontramos el término “tolerancia”, que el DRAE define como “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias” y el VOX como “disposición a admitir en los demás una manera de ser, de obrar o de pensar distinta de la nuestra”.

De aquel hilo llegamos a este ovillo. Dignidad, respeto y tolerancia están íntimamente ligados y extremadamente olvidados. Cabría preguntarse qué disposición mostramos a admitir en los demás opiniones y formas de obrar que se oponen a las nuestras o qué consideración tenemos con aquellos que piensan de forma distinta a la nuestra. Cualquier actuación negativa en tal sentido es un ataque a la dignidad de aquel que opone su propio criterio al nuestro.

Estamos tan acostumbrados a que atenten contra nuestra dignidad que nos parece de lo más razonable actual de igual manera con otros. Me decían, en un feo símil futbolístico, que la mejor defensa es un buen ataque. Nos entrenan y nos conciencian, poco a poco o a pasos agigantados según sea el caso, para que veamos como valores negativos todos los que se relacionan con ese triplete dignidad-respeto-tolerancia.

Volviendo al comienzo de este artículo, en las líneas del libro de José Luis Rodríguez Roldán y en las imágenes de la película de Amenabar he encontrado el grito reivindicador de esos valores en desuso. En ambos casos el protagonista es una persona con pocas posibilidades de defenderse, con sus capacidades muy reducidas, en situación de dependencia por causa de una discapacidad grave. Es sobre los más débiles en los que se vuelca con mayor ímpetu la degradación de los valores citados. Queremos decidir por ellos, argumentando que son sujetos que dependen de nosotros y a los que tenemos que sustituir en determinadas funciones cotidianas, sin tener la consideración de tolerar su capacidad de autodeterminación, de considerar su capacidad de decisión sobre su propia persona, de respetar su dignidad.

¿Cuántos se encuentran en esta situación? No hay estadísticas que nos muestren estos números. Al menos, el grito reivindicativo de alguno de ellos nos llega en forma de novela o película. Ojalá éstas despierten el adormecido sentido de la dignidad en una sociedad que olvida pronto a quienes quedan situados en los últimos puestos de los ranking.

En estos días se celebra la otra olimpiada, la paralimpiada (o paraolimpiada o parolimpiada, que para todos los gustos hay), en Atenas. Puede ser este un buen momento para hacer un seguimiento con las escasas informaciones que nos llegan de este acontecimiento y tener la posibilidad de hacer un acto de reflexión sobre nuestra consideración, nuestro respeto, nuestra tolerancia a la dignidad de personas, que se cuentan por millones en todo el orbe, que están reclamando su justo derecho a ser uno más en un mundo de seres diferentes.

Carlos Egea García
20 de septiembre de 2004

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