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Los que trabajamos con la discapacidad conocemos de la importancia que la prevención tiene en la manera de afrontarla. El viejo refrán "más vale prevenir que curar" es lema inapelable y referencia indudable. Pero la prevención tiene múltiples facetas, que quizá merezca la pena recordar aquí. Ahora no es el momento. Ahora mi mente está en otras cosas que, si bien tienen que ver con la prevención, van mucho más allá, por otros derroteros.
En España, en Madrid, hemos sufrido la amarga experiencia de ver el terror de cerca en forma de atentados indiscriminados el pasado 11 de marzo de 2004. Una fecha que ya difícilmente podremos olvidar. Habrá, seguramente, un antes y un después de esta trágica fecha. España está de luto y en muchos sitios podemos ver crespones negros, como el que encabeza esta página, que se une al luto y la repulsa generalizada.
Más allá de los acontecimientos, de las manifestaciones y de las consecuencias sociales y políticas de los tremendos sucesos de ese día, a mí me ha supuesto una profunda reflexión en torno a lo que es mi marco profesional: la discapacidad.
Hace muy poco regresaba de un viaje a Guatemala, por motivos laborales, invitado por un departamento gubernamental del área de la salud cuyo nombre en ese momento me era curioso y, quizá, distante: "Proyecto de Atención a Discapacitados Víctimas del Conflicto Armado". En aquel país la guerra civil larvada y extendida durante muchos años ha supuesto uno de los focos de discapacidad más importantes. La prevención de deficiencias, por aquellos pagos, no puede ser abordada sin tener en cuenta a los conflictos bélicos como productores de gran número de problemas estructurales y funcionales del ser humano. Este enfoque, en aquellos momentos, me era lejano. Lo consideraba como un punto de vista a tener en cuenta en determinados puntos geográficos, que situaba lejanos a España.
No podía saber, en aquellos momentos, que pocos días después habría de cambiar profundamente de punto de vista. Los conflictos armados también deben ser abordados en España como elemento productor de deficiencias y hay que incluirlos en los programas de prevención. Ha quedado patente con los trágicos sucesos del "11 M" (tristes siglas con las que ya se conocerá el de la masacre ferroviaria de Madrid).
La actuación de un grupo terrorista que colocó bombas en cuatro convoyes ferroviarios en una hora de máxima afluencia de viajeros ha dejado un lamentable recuento de víctimas. A esta fecha, las fuentes oficiales hablan de 200 muertos y más de 1600 personas atendidas de heridas de distinta intensidad. Macabras cifras que nos hacen enmudecer de terror y nos llenan de rabia contenida. Uno mi sentimiento de dolor al de las familias que han quedado rotas e impactadas de por vida. Me sumo a todas las condolencias que se han manifestado por este motivo. Acompaño en el dolor a aquellos que en sus propias carnes llevan las marcas de la violencia asesina. Pero quiero ir más allá.
No he oído, de momento, a nadie hablar de cuantas son la personas que van a ver modificadas sus vidas por una situación de discapacidad. Cuantos son los que habrán de vivir sin alguno de sus miembros, con irreparables consecuencias en sus órganos, con limitaciones en su percepción visual, con daños irreversibles en su salud mental... En definitiva, cuantas personas sumarán sus nombres a las listas de personas con discapacidad en España. El número no es indiferente, pero más importante es saber si se podía haber hecho algo por remediar su existencia, si se podía haber prevenido.
Los conflictos armados están mucho más cerca de lo que muchos hemos pensado en algún momento. Y sus productos, en forma de discapacidad, los podemos tener a nuestro lado en cualquier momento. Toda manifestación en forma de violencia es detestable. Debería ser ajena a la condición humana. Pero la realidad es otra.
La condición humana parece llevar implícita la necesidad de imponernos sobre los demás. En forma de aspiraciones filosóficas, religiosas, políticas o sociales, enmascaramos la indomable condición del ser humano a tratar de imponer sus criterios a los demás. Hemos tenido en estos días todos lo ejemplos que queramos a nuestro alcance. A mí me es igual que estos vengan en forma de independentismo mal entendido, de ideología religiosa integrista o de simple deseo de mantener el poder por encima de cualquier otra aspiración. Creo que eso es lo de menos. Lo importante es reflexionar seriamente sobre la posibilidad de evitar todo ese dolor, todo ese daño, que termina afectando a quien precisamente no tiene parte en ese juego.
Como profesional del mundo de la discapacidad he tenido que hacer, en estos días, una triste revisión de mi ideario laboral. Tengo que incluir entre las prioridades para la prevención de deficiencias en España la abolición de todo tipo de violencia y, con un especial énfasis, la que es producto de conflictos armados. La guerra, en cualquiera de sus distintas manifestaciones, no es ajena a un país como el nuestro, que se cree desarrollado y avanzado. No es la guerra fenómeno que tengamos que revisar a la hora de hablar de la realidad social de "otros países menos desarrollados". La tenemos a la vuelta de la esquina o en nuestro propio edificio. Debemos contar con ella en los planes de prevención y su olvido no nos puede acarrear otra consecuencia que la de tener que montar estrategias rehabilitadoras donde podíamos haber evitado su aparición.
La discapacidad tras el 11 M habrá de tener en consideración a la guerra como un foco de producción, junto a otros que abordamos con intensidad. Desde la discapacidad y entre los que conviven o trabajan con ella debe tomar postura ante la situación recientemente creada por tan execrables acontecimientos, como los que han tenido lugar en Madrid. Con la discapacidad de fondo, debemos decir que no queremos guerras y basta ya de violencia.
La guerra y sus productos son foco de nuestro interés y debemos comprometernos en la tarea de evitarla como estrategia de prevención de las deficiencias en España.
Carlos Egea García
16 de marzo de 2004
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