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INTRODUCCION
La terapia de pacientes con
trastornos de personalidad en general, y en particular los trastornos
borderline de personalidad (TBP), constituye uno de los retos más
importantes entre los profesionales de Salud Mental Comunitaria. Por
un lado movilizan sentimientos y actitudes en los terapeutas de forma
muy intensa, debido a la enorme emotividad y descontrol que despliegan
los pacientes a lo largo del proceso psicoterapéutico y por otro lado
es factible, en parte de estos pacientes, lograr cambios estructurales
de su personalidad, a diferencia de otros trastornos de personalidad
más severos como los esquizotíticos y paranoides menos susceptibles de
tratamientos psicoterapeúticos. Los objetivos generales de las
psicoterapias están encaminados a que el paciente pueda mejorar sus
relaciones interpersonales y disminuir la intensidad y prevalencia de
conductas autodestructivas, así como una mayor integración y
comprensión de sus conflictos internos y relacionales.
El compromiso asistencial en los Centros Públicos (Hospitalarios o
Equipos de Salud Mental Comunitarios) que podemos ofrecer a los
usuarios con trastornos borderline de personalidad es de “ofertas
terapéuticas” limitadas. El trabajo asistencial cotidiano marca la
elección terapéutica. Los criterios de eficacia, efectividad y
eficiencia, están condicionados por las dificultades de accesibilidad
y adecuación a las mismas y a la falta de continuidad terapéutica.
¿Qué podemos ofrecer
a los pacientes con TBP en los Equipos de Salud Mental más allá de
nuestro deseo y compromiso de ayuda?. Desafortunadamente los
psicoterapeutas “todo-terreno” no sirven para estas patologías, y las
posibilidades formativas y de reciclaje psicoterapéutico que se
ofrecen institucionalmente (contrariamente a los cursos de
actualizaciones farmacológicas) a los profesionales de Salud Mental
(Psicólogos, Psiquiatras, D.U.E. y Trabajadores Sociales) son casi
nulas en la actualidad. No existen en la práctica
posibilidad de supervisar institucionalmente las dificultades que
acarrean el trabajo psicoterapéutico con estos pacientes (lo que da
lugar a situaciones de impotencia, sobrecarga y actuaciones “in
extremis” e incluso yatrogénicas con los pacientes por parte de las
instituciones) y la escasa aplicación de Protocolos para la selección,
diagnósticos y criterios de indicaciones psicoterapéuticas, así como
la ubicación de pacientes a la modalidades terapéuticas más eficaces
(según la formación de los terapeutas de los distintos equipos) se
aplican en escaso número. La investigación del proceso terapeútico,
variables que intervienen en la mejora del paciente, el estudio sobre
altas y mejorías de pacientes, el seguimiento de los mismos, está
lejos de las posibilidades reales en la actualidad en la mayor parte
de los profesionales de los Equipos de Salud Mental. Hacemos lo que
buenamente podemos dentro de los límites que nos marca la realidad
asistencial.
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ENCUADRE HISTORICO DE LAS
PSICOTERAPIAS EN TBP
En 1989 Aronson [1] publicó una
revisión de los tratamientos psicoterapéuticos (desde un modelo
fundamentalmente psicodinámico) en TBP que voy a utilizar como
referente en esta breve introducción. Establece un primer periodo
(1940-1960), en el cual pocos terapeutas consideran al psicoanálisis
como tratamiento de elección debido a la pobreza de resultados en los
tratamientos. A partir de los años 50, la influencia del modelo
teórico de la Escuela Inglesa de Relaciones Objetales (TRO) y la
Escuela Americana Interpersonal, introduce modificaciones en la
técnica psicoanalítica aplicada a la esquizofrenia y a las condiciones
"borderline". En todo caso no es fácil saber cuando estos autores
practican psicoanálisis y cuando una psicoterapia de orientación
psicoanalítica. Para la gran mayoría de estos primeros terapeutas, y
como reacción a la ortodoxia psicoanalítica de su tiempo, la
psicoterapia de elección es la "contención" y/o “psicoterapia de
apoyo” donde se limita la regresión y la transferencia del paciente,
sin llegar a un análisis exhaustivo de los mecanismos de defensa. El
segundo periodo definido por Aronson es el comprendido entre los años
60-80. La influencia del trabajo teórico de Kernberg ("Organización
Borderline de Personalidad") se hace extensiva a las modalidades
terapeúticas, donde se pone un mayor énfasis en la psicoterapia
intensiva (3 o más sesiones a la semana) y/o expresiva (orientada al
insight y favoreciendo la regresión del paciente en el tratamiento),
con objetivos terapéuticos más ambiciosos encaminados a un cambio en
la estructura de personalidad (García Bernardo) [2]. Por otro lado, la
influencia del modelo teórico del desarrollo de Mahler [3], sobre las
fases de separación-individuación, La revisión desde la Psicología del
Yo americana de los presupuestos de la TRO inglesa (Kohut, [4]), la
influencia del manejo del objeto transiccional (Modell, [5], Winnicott,
[6]), o las dificultades cognitivas para introyectar los objetos que
permitan en el futuro la capacidad para tolerar el sentimiento de
soledad (Adler y Buie, [7]), modelan e introducen variantes técnicas
en el psicoanálisis aplicado a los pacientes borderline.
A partir de los años 90 se investiga la influencia que tienen los
modelos etiólogicos de los TBP (genéticos: labilidad afectiva,
respuesta a los estímulos, impulsividad y psicosociales: traumas,
abuso y deprivación), a la hora de elegir un tipo de aplicación
psicoterapéutica o bien incidir sobre determinados aspectos focalmente
en terapias de orientaciones muy consolidadas como la psicoterapia
psicodinámica breve. Los estudios empíricos sobre comorbilidad tanto
en el Eje I como el Eje II de la DSM-IV, estudios sobre eficacias de
terapias, criterios diagnósticos rigurosos, han condicionado la
aparición de otras psicoterapias (Terapia Interpersonal, Terapia
Cognitivo Comportamental, Terapia de Grupo y Familia, Terapia
cognitiva).
En dos estudios recientes acerca de la relación coste/beneficio de los
tratamientos psicoterapeúticos con TBP (Gabbard y cols., [8];
Stevenson y Meares, [9]), se concluye que las psicoterapias aplicadas
de forma apropiada a los pacientes con TBP tienen un impacto positivo
en parámetros como la reducción de tratamientos futuros, los ingresos
hospitalarios y las bajas laborales. La investigación de Meares y cols.
[10], donde se compara a un grupo de pacientes a los que se les aplica
tratamiento psicoterapéutico y otro grupo “sin tratamiento”, concluye
que un tercio de los pacientes que recibieron psicoterapia no
puntuaron en los criterios del DSM-IV para la TBP una vez finalizada
la misma. En el grupo de pacientes no tratados no hubo cambios en
cuanto a la mejora de los criterios diagnósticos para el TBP. Para
otros autores (Friedman, [11]), el “no tratamiento” es el tratamiento
de elección para pacientes con TBP en los que se ha dado un elevado
número de fracasos y abandonos de tratamientos previos, reacciones
terapéuticas negativas, actitudes y conductas antisociales, beneficios
secundarios y conductas factitivas y los que han desarrollado
conductas regresivas yatrogénicas (Frances, [12]).
Otra cuestión importante de plantear, sin que se halla resuelto
empíricamente, tiene que ver con la necesidad de un tratamiento
específico o la combinación de varias modalidades terepeúticas dada la
alta comorbilidad tanto en el Eje II (Widiger y cols., [13]), donde se
ha demostrado una comorbilidad de tres o más trastornos de
personalidad, más frecuente en los tratornos del Cluster B (Trastorno
narcisista, histriónico y antisocial) (Zanarini y cols, [14]), como
del Eje I: muchos pacientes presentan una mezcla de síntomas y
síndromes, de los que destacan por su mayor frecuencia la depresión
mayor, junto con la agravación premenstrual en las mujeres (depresión
e irritabilidad), trastornos de pánico, Trastorno obsesivo-compulsivo,
trastornos disociativos, abuso de sustancias, trastornos en la
alimentación (alta incidencia en bulimia) y trastornos en la
sexualidad. En muchos casos la combinación de medicación junto con
tratamientos específicos (alimentación, trastornos sexualidad,
adicciones, etc.) se convierte en una necesidad que acompaña de forma
coadyuvante al tratamiento psicoterapéutico.
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MODELOS INTEGRADORES DE
TRATAMIENTO
Como señala Livesley [15], el
progreso en la fenomenología descriptiva, el estudio de la
personalidad, los avances en la teoría cognitiva durante los últimos
años, han llevado a una nueva comprensión de la naturaleza y los
orígenes del trastorno de personalidad que requieren una reevaluación
en el tratamiento del TBP. Para este autor el tratamiento requiere una
combinación de medicación e intervenciones psicoterapéuticas que
incluyan diversos enfoques, aunque hasta el momento se carece de
estudios empíricos referidos a la eficacia de estos enfoques
integradores. Asímismo señala que la variedad de características del
TBP: inestablidad en el Self, dificultades en la relaciones, afectos y
organización cognitiva, se refuerzan mutuamente creando una
"estructura resistente al cambio".
A pesar de los distintos intentos para establecer un marco de
referencia común que abarca los distintos campos de actuación
psicoterapéutica, todavía no se ha establecido un cuerpo teórico o
paradigma común en psicología (Caparrós, [16] ) sobre la etiología,
síntomas, comorbilidad, que sustente la posibilidad de de una
actuación integradora de las diversas escuelas psicoterapeúticas con
los pacientes borderline. Los intentos que se han realizado pertenecen
a lo que Tizón [17] denomina “eclecticismo por combinación”, que en el
sentido práctico no pasa de ser una aplicación técnica parcial de las
distintas escuelas de terapia. A continuación voy a exponer una breve
síntesis de dos modelos de tratamientos.
A) Teoría integradora de la personalidad: El modelo de la personalidad
de Th. Millon. Como señalan Avila y Herrero [18], en la Personalidad
Límite descrita por Millon, el sujeto sufre intensos cambios de humor
endógenos, periodos de abatimiento y apatía que se intercalan con
otros de enfado, ansiedad y euforia. El nivel de energía fluctúa, con
alteraciones en los ciclos de sueño y vigilia y periodos de
desequilibrios afectivos. La conciencia es condenatoria con
pensamientos suicidas de automutilación y autodenigración. Reacciona
intensamente frente a la separación y ambivalencia cognitiva y
afectiva y emociones conflictivas. Los objetivos estratégicos desde
esta concepción serían: a) por un lado equilibrar las polaridades,
reducciendo los conflistos entre dolor-placer; actividad-pasividad y
el Sí mismo-otros. b) reduciendo la emocionalidad, moderando las
actitudes incoherentes y adaptando los comportamientos imprevisibles.
Las tres modalidades tácticas empleadas son: Estabilizar el
comportamiento interpersonal paradógico, reconstruir la autoimagen
inestable y estabilizar los estados de ánimo.
B) Eclecticismo por combinación. Autores como Livesley [15] utilizan
modelos de tratamiento integrativos que combinan intervenciones
específicas para el tratamiento de los síntomas y las crisis de los
pacientes (contención, medicación e intervenciones
cognitivo-conductuales), promoviendo una mayor expresión y cambios de
los rasgos básicos de personalidad (incrementando la tolerancia y la
aceptación de dichos rasgos, disminuyendo la expresión y la progresiva
sustitución de respuestas desaptativas por otras más realistas) y
trabajando por una mayor integración en los problemas interpersonales
y en el Self. Estas intervenciones específicas están encuadradas en
unas estrategias terapeúticas generales que tienen en cuenta la
etiología, los factores educacionales, culturales y socioeconómicos,
los síntomas predominantes, el estado cognitivo, la motivación y deseo
de cambio de los pacientes, por lo que no se puede pensar en un solo
tipo de tratamiento, sino en un tratamiento combinado con los
objetivos generales de 1) Construir y mantener una relación de
colaboración; 2) Establecer y mantener un proceso consistente en el
tratamiento; 3) Promover la validación del mismo y 4) Construir y
mantener la motivación hacia el tratamiento y el cambio |

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DISCUSION Y CONCLUSIONES
El objetivo general de las
psicoterapias es la disminución del riesgo de las conductas suicidas,
los actings y la mejoría de los síntomas (sobre todo en pacientes
menores de 30 años). Ahora bien, ¿Qué tipo de terapia es la más óptima
para los distintos tipos de presentación de los pacientes borderline?.
Podemos empezar a contestar obviamente adecuando las características
de las terapias a las indicaciones generales de las mismas. De este
modo, los pacientes con una depresión crónica, motivación alta para el
tratamiento, capacidad de mentalización, cierto control sobre sus
impulsos y presencia de un entorno contenedor, son los que más pueden
beneficiarse de una terapia expresiva y/o de contención psicodinámica.
Por el contrario, en pacientes con una escasa tolerancia a la
frustación y un bajo umbral en el control de impulsos (abuso de
sustancias, trastornos alimentarios, etc.) está más indicado una
terapia de grupo, la terapia interpersonal y las terapias conductuales
comportamentales dirigidos fundamentalmente hacia el control de los
impulsos. El abordaje familiar es útil debido a la alta frecuencia de
patología familiar en los pacientes.
La terapia de elección no es fácil. Podemos decir que una gran parte
de los TBP pueden mejorar con cualquier tipo de terapia (analítica, de
contención, grupal, cognitivo-conductual, etc.), siempre que se lleve
a cabo por un terapeuta experto (y así lo confirman los estudios
experimentales de eficacia de las distintas modalidades
psicoterapéuicas). Para otro grupo importante de pacientes con TBP,
variables socio-culturales, educacionales y motivacionales, pueden
condicionar una elección terapeútica. Las terapias “de moda” pueden
atraer a un determinado tipo de pacientes independiente de su
indicación para el tratamiento. Hay pacientes con características
señaladas en el párrafo anterior que se pueden beneficiar de una
terapia expresiva, pero que prefieren una terapia breve, rápida, que
calme sus síntomas ya sea a través de medicación, hipnosis, relajación
o cualquier otra técnica. En muchas ocasiones, y debido a la gravedad
de los síntomas, hay que pensar en un tratamiento mixto y/o combinado
en el que participen tanto la farmacoterapia, como recursos sociales,
hospitalizaciones de media o larga estancia, hospital de día e incluso
en algunos casos hay que tratarlos como casos crónicos y utilizar los
recursos de Rehabilitación disponibles (Centro Psico-social,
Mini-residencia) del Area a la que pertenece el paciente.
Otras cuestiones no resueltas de forma unitaria por los terapeutas
tienen que ver con la dificultades en la puesta de límites de los
pacientes en la terapia en los Equipos de Salud Mental. Casi ningún
terapeuta se compromete a hacer un contrato terapéutico con el
paciente donde se especifique qué hacer con la terapia una vez que el
paciente inicia una escalada de actuaciones contra el encuadre
terapéutico, contra sí mismo, o contra las personas que están
alrededor suyo (amenazas de suicidio, ausencia a las citas o por el
contrario una invasión constante del terapeuta, conductas
autodestructivas, adicciones, automutilaciones, agresiones, etc.).
¿Hasta qué punto se puede trabajar psicoterapéuticamente de forma
ambulatoria con un paciente cuya demanda terapéutica se focaliza en
poner en riesgo su vida? ¿Puede trabajar un terapeuta inundado
contratransferencialmente por la amenaza constante de suicidio de un
paciente?. ¿Se puede mantener la suficiente distancia emocional y la
escisión necesaria para contener internamente el terapeuta estas
conductas?. ¿No sería más conveniente en estos casos establecer con el
paciente un contrato terapéutico que disponga la imposibilidad de
continuidad con el tratamiento psicoterapéutico ambulatorio y la
conveniencia de ingresos hospitalarios donde se puede contener y
proteger los actings de los pacientes?. En este sentido todavía se
echa de menos una respuesta terapéutica unitaria ante esta demanda,
por otro lado tan estrechamente relacionada con el TBP, como es la
falta de tolerancia a las frustaciones y el descontrol de impulsos.
Cuando los actings no van dirigidos a la puesta en escena de los
impulsos agresivos y sí a necesidades vinculares como la de separarse
del terapeuta y la tolerancia a asumir la soledad, algunos terapeutas
como Gunderson [19], establecen una serie de respuestas ante estas
actuaciones que representan relaciones transiccionales no resueltas
por el paciente, incluso ha establecido una jerarquía de opciones
transiccionales utilizadas por los pacientes como llamadas por
teléfono, acudir a otros colegas como terapeutas sustitutos, o actuar
e incrementar la vida relacional como forma compensatoria de la
ausencia del terapeuta. Gunderson expresa que este tipo de conductas
han de ser señaladas e interpretadas (siempre y cuando se haya podido
establecer una mínima alianza de trabajo previa con el paciente) como
necesidades inconscientes del paciente de restaurar en la relación
terapéutica las necesidades infantiles vinculares no resueltas, y con
el objetivo de ayudar al paciente a asumir su dificultad para tolerar
su sentimiento de soledad y vacío.
En cuanto a la duración del tratamiento hay una tendencia desde final
de los años setenta a tratar psicoterapéuticamente a los pacientes en
terapias de corta duración (Leibovich, [20] “Psicoterapia integrativa
a corto plazo”), o bien en “tratamientos intermitentes a largo plazo”
(Silver, [21]). En la actualidad, los pacientes que se pueden
beneficiar de una terapia intensiva expresiva a largo plazo, en los
Equipos de Salud Mental Comunitarios, son una minoría. Posiblemente
sujetos con TBP accesibles y tratables como cuadros neuróticos, los
menos graves. En la última década la implementación tanto de las
terapia comportamental-dialéctica, como la terapia cognitiva e
interpersonal en los TBP han reducido el tiempo de duración de las
terapias. Las intervenciones familiares y grupales también tienden a
ser de corta duración y con objetivos limitados. Sólo la terapia de
contención y/o de apoyo sigue planteando una duración por un periodo
largo (5-10 años), a veces indefinido. A este respecto Gunderson [19],
avalado por su experiencia clínica e investigadora, refiere que se
pueden producir cambios durante el primer año de tratamiento, pero que
al menos se necesitan cuatro años para que se produzcan cambios
estructurales en los pacientes.
En resumen, se puede observar que todas las modalidades terapéuticas
hacen hincapié en los siguientes aspectos: 1) Cuidar la relación con
el paciente. 2) Papel activo por parte del terapeuta. 3) Necesidad de
poner unos límites claros en el encuadre como forma de evitar la
interrupción prematura del tratamiento y el descontrol de impulsos. 4)
Actitud flexible por parte del terapeuta y 5) Capacidad del terapeuta
de crear una atmósfera de calidez, empatía y de manejar de sus propios
sentimientos. Es conveniente tratar focalmente y cuidar la relación
entre el paciente y el terapeuta en todo tipo de terapias. En
pacientes con problemas de abuso de sustancias, problemas de
descontrol de impulsos con la comida, ludopatías, abuso de alcohol,
etc. conviene tratar la dependencia (en los CAD, Programa de
alcoholismo, Asociaciones de ex-jugadores patológicos, Asociaciones
para el tratamiento de los trastorno de alimentación, etc.) antes de
iniciar un tratamiento psicoterapéutico, o con el compromiso del
paciente de simultanear el tratamiento de la adicción y el inicio de
la terapia.
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Referencias bibliográficas
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