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Por la PazPequeña antología
Sr. presidente(Baltasar Garzón. Tribuna de Opinión en El País, 4 de marzo de 2003) Le escribo estas notas de urgencia con la ansiedad de quien se hace múltiples preguntas y apenas encuentra respuestas, y casi con la certeza de que difícilmente se pueda conseguir alguna fórmula que haga reflexionar a quienes -como usted- dirigen esta locura, con una sordera tan desconcertante como peligrosa, que nos conduce hacia una deriva y un desequilibro emocional y psíquico del que la generalidad de los españoles saldremos con dificultad. A veces, señor presidente, me da la sensación de que enfrente no tenemos políticos -utilizo el término en el sentido clásico del mismo y no en la derivación utilitarista que muchos le dan ahora-, sino muros de piedra resbaladiza por la humedad y el humus pestilente de quienes carecen de sentimientos. No recuerdo un grado de protesta y de auténtica rebelión popular como el que su postura, señor presidente del Gobierno, está generando en todos los estratos y clases sociales españoles. Tampoco recuerdo mayor grado de cinismo en algunos líderes políticos, que utilizando toda la demagogia y la manipulación de los medios de comunicación que controlan confunden gravemente a los ciudadanos jugando con su seguridad y sometiéndolos a un "bombardeo" constante de mentiras y medias verdades que apenas les dejan respirar. Como no aspiro a ningún puesto, ni a ningún nombramiento, y ni tan siquiera me preocupa perder el que ahora tengo, disfruto de la libertad suficiente para escribir y decir "Basta ya"; perdónenme los abnegados luchadores de esta plataforma por hacer mía esta expresión que tan valientemente defienden con su actuación insumisa, pacífica y beligerante frente al terror, pero también aquí se trata de luchar contra la violencia dialéctica institucional impuesta por unos gobiernos mutantes de la realidad que, día a día, menosprecian a aquellos que les hemos dado legitimidad democrática en las urnas con nuestros votos, positivos o negativos, obligándonos a la aceptación de una realidad inexistente y a un estado de cosas, creado a propósito por alguno de ellos, para justificar ahora la pesadilla que sufrimos la mayoría en todos los países de la Tierra. En el último mes -desde el 27 de enero de 2003 al día de hoy-, señor presidente, he seguido, como tantos otros, los debates en el Parlamento español sobre la guerra de Irak, así como las noticias de los diarios, los debates y las imágenes en las televisiones, y especialmente los esfuerzos de usted y del señor Blair -el señor Bush ya ni lo intenta- para explicar su postura y justificar la disociación de la misma con la de los ciudadanos de Gran Bretaña y España. He comprobado cómo una vez más se impone la ley no escrita de la sumisión acrítica de los diputados del Grupo Popular y, cómo algunos, en forma desafortunada, insultaban a los actores que dignamente discrepaban en silencio desde la tribuna, o lanzaban improperios a la oposición por su discrepancia democrática, y, sobre todo, cómo adulaban con la sonrisa y el aplauso a su líder, es decir, a usted; y he sentido miedo, un miedo frío, físico, palpable y denso como el chapapote; pero también he constatado cómo alguno de ellos, al aplaudir y al sonreír, se removía en su escaño, sin duda pensando en la vergüenza que tendría que pasar cuando, al llegar a su casa, tuviera que mirar a sus hijos, a sus padres, a su esposa o a su marido y explicarles lo inexplicable. A estos últimos me dirijo, pidiéndoles que expresen lo que sienten y que actúen en consecuencia. No han sido uno, ni dos, ni tres, sino decenas y decenas de militantes y votantes del partido que preside, con los que he tenido oportunidad de hablar, y en todos he hallado un rictus de amargura por su posición, y una preocupación verdadera por la deriva que ha tomado y que, para ellos, compartirla roza el problema de conciencia. Pero, a la vez, y lo digo con el cariño que le tengo a algunos, callan en forma cobarde, temiendo las "consecuencias" de su discrepancia ante sus dirigentes. Por mi parte siento pavor de que su miedo, el de "prietas las filas, recias, marciales, nuestras escuadras va..." o el de las apelaciones del señor Rajoy "al orgullo, al honor y las convicciones", se confundan con mi miedo y el de los españoles que, en defensa de nuestra patria, nos oponemos a una guerra injusta desde la libertad y la coherencia. Señor presidente, cuando usted y los dignos representantes parlamentarios elegidos por el pueblo recibieron la legitimidad que otorgan los votos de los ciudadanos -esos que tan pronto olvidan algunos de ustedes cuando han conseguido el escaño y de los que no vuelven a acordarse hasta que necesitan pedírselo de nuevo-, la obtuvieron para representarlos y defenderlos; pero el mandato no incluía las cartas marcadas, no suponía la actuación en contra de aquella confianza ni a favor de una posición sobre la guerra que tan sólo defiende una minoría -por lo demás, poco informada- ni de los intereses a favor de unos líderes que quieren ocupar un lugar en la historia a costa del sufrimiento de todos. Creo, humildemente, que entre las obligaciones que ahora deben cumplir está la de sumarse al grito de oposición a la guerra y hacerlo abiertamente en el ámbito de sus competencias. Como ciudadano, tengo derecho a pedírselo, e incluso exigírselo, porque el derecho a la paz es mi derecho y la guerra es la negación de este derecho, y de la justicia más elemental, a la vez que la derrota de todos. Ninguna disciplina de voto puede obligarles a votar por encima de aquel derecho. Y, si finalmente lo hacen, no olviden su responsabilidad en la masacre que se anuncia, porque ustedes son responsables directos si avalan esta locura. Ningún reglamento de régimen interno les obliga a votar en contra de su conciencia, pero si a pesar de ello ustedes votan en contra de aquel derecho, no olviden que serán responsables de cada una de las vidas que se pierdan en esta posible guerra, incluida la de los soldados españoles que sean enviados al escenario del conflicto. Ninguna sanción administrativa, ni incluso la pérdida de expectativas de una inclusión posterior en listas electorales, les obliga a votar en contra de aquel derecho, pero si a pesar de ello lo hacen, no olviden, ni por un momento, al margen de lo que digan sus líderes, que ustedes serán responsables del desastre humanitario que se cierne sobre todos. Ustedes deben decidir en qué bando juegan, si en el de la legalidad internacional y nacional, pero la real, no la del marketing, ni la fatua, ni la de las palabras huecas, o en el bando de la falsedad y del interés oculto de unos pocos que pretenden sobornar nuestras conciencias ofreciéndonos las riquezas de las minas del Rey Salomón. He observado con atención la actividad desplegada por usted, señor presidente, en diversas partes del mundo, sus reuniones con diferentes líderes, incluso con Su Santidad el Papa Juan Pablo II, y ello está bien, pero no acabo de entender cuál es la razón última de tanta acción en "primera línea". No sé si es la finalidad de obtener el reconocimiento de gran estadista la que le guía, o es la necesidad de comprensión la que le motiva, o en fin, la urgencia de obtener un perdón preventivo por sus acciones. En todo caso, sería muy fácil para usted conseguir esas finalidades sin poner en riesgo valores esenciales; bastaría con sumarse a la postura que todo el mundo civilizado, y los líderes políticos más dispares -franceses, alemanes, rusos, sirios, chinos...- mantienen. Ésta sí es una apuesta por la paz. ¿Qué hará usted, señor presidente, si el Consejo de Seguridad no aprueba la resolución que usted ha preparado con los señores Blair y Bush? Ustedes dicen que están agotando todas las posibilidades y afirman que Irak ha incumplido la resolución 1.441 y por ello quieren dar vía libre a la guerra; entonces, ¿a qué viene el paripé de tantos contactos y visitas y sin embargo no hacen ninguna a Irak para hablar con su enemigo?; ¿cuál es la razón de esa segunda resolución, cuando los inspectores están haciendo su trabajo bien? Miren, yo pienso que sólo es la excusa que la Administración norteamérica necesita para iniciar un ataque que ya tiene decidido. Señor presidente, ¿cómo puede usted hablar en referencia a la decisión iraquí de destruir los misiles Al Samud 2 como "juego muy cruel con el deseo de paz de millones de personas en el mundo"?. No se ha dado cuenta de que estos millones que usted cita están a favor de que no se intervenga en Irak, es decir, en contra de su postura, la del señor Blair y la del señor Bush. ¿Cuándo se darán cuenta de que es necesario algo más que palabras grandilocuentes, alambicadas o estentóreas, para convencer a los ciudadanos? Señor presidente, Turquía -cuyo Parlamento ha dicho no- recibirá treinta mil millones de dólares por su colaboración, ¿cuál es el precio que pagaremos por prestarnos a esta farsa? Pero no olvide que dicho precio estará manchado de la sangre de muchos inocentes y ello les avergonzará para siempre. Siento que la palabra Paz se está prostituyendo de tanto usarla mal. Excepto para todos aquellos que estamos entendiendo y viviendo que es la primera vez en la historia de la humanidad en la que, saliendo a la calle o de cualquier otra manera, estamos creando una "Revolución por la Paz". En general, somos personas que la pronunciamos poco, pero la defendemos con nuestras acciones, desde cada uno de nuestros puestos de trabajo y responsabilidad, y si hace falta la gritaremos una y mil veces. Mire, señor Aznar, el día 15 de febrero de 2003 sentí un orgullo que difícilmente podrá entender. Mis hijos y mi mujer estuvieron conmigo en la manifestación, codo con codo, gritando a favor de la paz. Vi sus caras y su decisión, como la de tantos miles y millones de personas, y ellos me han reconfortado como padre y como ciudadano y me han transmitido la fuerza que necesitaba para seguir. Después de todo lo dicho quiero hacer un esfuerzo y entender por qué nuestro Gobierno -o mejor dicho, usted, señor presidente- se ha encastillado en una espiral que puede llevarle a una especie de suicidio político; para ello he decidido parar de escribir y continuar dos días después de meditar sobre ello. Durante estas 48 horas he pasado revista a las explicaciones de Ana Palacio; a todas las opiniones, entrevistas y ruedas de prensa que usted, señor presidente, ha expresado y realizado; a todas las comparecencias del portavoz del Gobierno; a los debates parlamentarios; a las comparecencias en el Consejo de Seguridad; a las estrambóticas ruedas de prensa del secretario de Defensa norteamericano; a las de la consejera de Seguridad, Condoleezza Rice; a las del propio George W. Bush, y, cómo no, a las del señor Blair. Pues bien, entiendo la postura de EE UU; también, aunque menos, la de Gran Bretaña; pero la que no comprendo es la suya, señor presidente, la cual me parece más dura y más extrema que la de aquéllos, a pesar de la aparente moderación que emplea en sus comparecencias públicas para intentar explicarla. Veamos, primer asunto: el terrorismo. No creo quebrantar ningún secreto profesional si digo que, al menos hasta donde yo conozco, no existe al día de hoy ni un solo indicio de que la implicación de Sadam Huseim con Al Qaeda existe. Quien acusa tiene la carga de la prueba y no puede desplazar esta obligación a otros, y ustedes no han aportado esa prueba. Segundo asunto: violación de derechos humanos. Hasta ahora sólo se ha hablado y, ello es cierto, de las violaciones masivas de los derechos fundamentales por parte de Sadam Huseim, pero nada se habla de las violaciones de los derechos humanos que Estados Unidos está cometiendo en forma flagrante y reiterada con los más de mil talibanes detenidos en Guantánamo; y de los que también se hallan en idéntica situación en Afganistán y Pakistán bajo el control norteamericano, o de los más de cien detenidos en EE UU en lugares desconocidos, simplemente por su situación irregular y por su vinculación étnica árabe y cuyo paradero no se da por razones de "seguridad nacional". A todos ellos no se les ha permitido contactar con familiares, abogados, y sus condiciones de vida son infrahumanas, desde hace más de un año. Y frente a esto, señor presidente Aznar y señor primer ministro Blair, ¿qué dicen y qué hacen ustedes?, ¿por qué no se ha tratado este tema en la reunión del rancho del señor Bush en Tejas?, o ¿por qué no exigen a éste un pronunciamiento claro y definitivo para que cese esa situación de ilegalidad? ¿Cómo se puede apoyar a un líder o a un país que está violando groseramente los mismos derechos que dice defender? Tercer asunto: Se acabará con las armas de destrucción masiva, las armas químicas y la amenaza terrorista que representa Sadam, si éste se exilia o se le elimina. Realmente pueril esta argumentación. Lo único que va a generar esta injusta guerra es, por una parte, una quiebra ya inevitable de la legalidad internacional, y por otra, el aumento del terrorismo integrista a medio y largo plazo, el cual hallará una plataforma de justificación objetiva, de la que ahora carece. Su crecimiento en otros puntos del planeta, entre ellos España, como dijo Tarek Aziz, sin que se apreciara tono amenazante en su afirmación, sino constatación lógica de los hechos, es algo tan evidente como terrible y usted no quiere o no sabe verlo. Señor presidente, evitar esta guerra en ciernes es misión de todos, y debe darse cuenta de que millones de ciudadanos ya hemos comenzado a dar forma a la "Revolución por la Paz" y hemos ganado frente a usted y sus "compañeros de aventura" la "moción de censura" que les obliga a abandonar su postura, a dar más tiempo a los inspectores y a cumplir la legalidad internacional y, a su vez, les niega el derecho de instar una nueva resolución que dé vía libre a la guerra. Señor presidente, con respeto pero con enorme firmeza, le digo que usted no puede ni debe ir de la mano de quien está haciendo gala con su política de la consumación de la doctrina de "los espacios sin derecho"; ni de la mano de quien se ha desvinculado de la Corte Penal Internacional; ni unido a quien, de hecho, está construyendo espacios de impunidad que perjudican a la comunidad internacional: ¿acaso usted tampoco cree en la justicia internacional? Con tristeza, adios(Artículo publicado el día 23 de marzo de 2003 por el ex ministro de Trabajo del Gobierno del PP, Manuel Pimentel Siles en los seis periódicos del Grupo Joly) Mañana, lunes, firmaré mi carta de baja en el PP. No ha sido una decisión fácil para mí. He militado en él durante muchos años, y gran parte de mis mejores amigos siguen trabajando, día a día, en el seno de ese gran partido. A pesar de las públicas discrepancias que he mantenido con la dirección que encarna Aznar, siempre sentí que el PP era mi casa y pensé que vendrían tiempos mejores. Por eso he seguido siendo afiliado popular de base, a pesar de los continuos ataques que recibía de su cúpula nacional y regional. He escrito algunos artículos criticando determinadas posturas de mi partido, y muchísimos otros defendiéndolas, pero todo daba igual. El juego estaba claro: o se estaba al cien por cien de acuerdo con lo que decía Aznar o se estaba contra él, y de paso contra el PP y contra España. Así de sencillo. Así de empobrecedor. Y, evidentemente, yo no cumplía esas reglas: no estaba de acuerdo con algunas de las políticas de Aznar, a pesar de sentirme del PP y profundamente español. Los órganos del PP han apoyado unánimemente esta guerra ilícita. Además de una injusticia, supone un histórico error. Ya no se trata de un desvarío de su presidente; se trata de toda una línea estratégica de partido. Las bombas que caen en estos momentos han recibido su cómplice impulso. Y que no nos cuenten eso de los bombardeos humanitarios, por favor. Todos estábamos completamente de acuerdo en que el sanguinario dictador Sadam debía marcharse. En bombardear sus ciudades sin apoyo de la ONU, no. No comparto ni comprendo esa decisión y por eso, finalmente, me voy. Cuando en un desfile un soldado lleva el paso cambiado, no puede pretender que todos los demás lo modifiquen. O se adapta al mayoritario o se marcha. Yo me marcho. Los afiliados y votantes del PP merecen todo el respeto. Es un gran partido democrático compuesto por muchas y buenas personas, que ahora lo están pasando mal. Nadie debe insultarlos ni agredir sus sedes. En eso tiene razón Aznar: no puede presumir de pacifista aquel que tira piedras contra alguien. Pero idéntico respeto merecen las personas que libremente deciden abandonarlo. Que tampoco sean atacadas. No me pasaré a ningún otro partido. Seguiré luchando por mis ideas desde la independencia. Quizá, si en el futuro naciera un partido de centro que se esforzara en superar la crispación y división en la que está cayendo nuestra sociedad, volvería a adoptar un nuevo compromiso. La política siempre fue necesaria. Ahora, más que nunca. Gracias, gran líder George W. Bush.(Texto atribuido a Paulo Coelho, recibido por correo electrónico) Gracias por mostrarnos a todos el peligro que Saddam Hussein representa. Tal vez muchos de nosotros hubiéramos olvidado que él utilizó armas químicas contra su pueblo, contra los kurdos, contra los iraníes... Hussein es un dictador sanguinario, una de las más claras expresiones del mal de hoy en día. Sin embargo, ésta no es la única razón por la cual le estoy agradecido. En los dos primeros meses del año 2003, usted ha sido capaz de mostrar muchas cosas importantes al mundo, y por eso merece mi gratitud. Así, es que quiero decirle: gracias. Gracias por mostrar a todos que el pueblo Turco y su Parlamento no están en venta ni por 26.000 millones de dólares. Gracias por revelar al mundo el gigantesco abismo que existe entre la decisión de los gobernantes y los deseos del pueblo. Por dejar claro que tanto José María Aznar como Tony Blair no conceden la mínima importancia ni tienen ningún respeto por los votos que recibieron. Aznar es capaz de ignorar que el 90% de los españoles están contra la guerra, y Blair no se inmuta con la mayor manifestación pública realizada en Inglaterra en los últimos 30 años. Gracias porque su perseverancia forzó a Tony Blair a ir al Parlamento Inglés con un dossier falsificado, escrito por un estudiante diez años atrás, y presentarlo como "pruebas contundentes recogidas por el servicio secreto británico". Gracias por lograr que Collin Powell se pusiera en ridículo al mostrar al Consejo de Seguridad de la ONU algunas fotografías que, una semana más tarde, fueron públicamente impugnadas por Hans Blix, el Inspector responsable del desarme de Irak. Gracias porque su posición hizo que el Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, el Sr. Dominique de Villepin, en su discurso contra la guerra, tuviese el honor de ser aplaudido en el plenario. Honor que, por lo que sé, sólo había sucedido una vez en la historia de la ONU en ocasión de un discurso de Nelson Mandela. Gracias porque a causa de sus esfuerzos por la guerra, es la primera vez que las naciones árabes -generalmente divididas-, han condenado unánimemente una invasión, durante la reunión celebrada en El Cairo la última semana de febrero. Gracias porque su retórica afirmando que "la ONU tiene una oportunidad de mostrar su relevancia", logró que hasta los países más reacios terminaran tomando una posición en contra del ataque a Irak. Gracias porque su política exterior ha hecho declarar al Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra, Jack Straw, en pleno siglo XXI, que "una guerra puede tener justificaciones morales", y con esa declaración perder toda su credibilidad. Gracias por intentar dividir una Europa que lucha por su unificación; es una señal de alerta que no será ignorada. Gracias por haber conseguido lo que pocos han conseguido en este siglo: unir a millones de personas en todos los continentes luchando por la misma idea -aun cuando esta idea sea opuesta a la suya. Gracias por hacernos sentir nuevamente que, aunque nuestras palabras no sean oídas, por lo menos son pronunciadas, y esto nos dará más fuerza en el futuro. Gracias por ignorarnos, por marginar a todos aquellos que tomaron una actitud contra su decisión, pues el futuro de la Tierra es de los excluidos. Gracias porque, sin usted, no habríamos conocido nuestra capacidad de movilización. Quizá no sirva para nada en el presente, pero seguramente será útil más adelante. Ahora que los tambores de guerra parecen sonar de manera irreversible, quiero hacer mías las palabras que un antiguo rey europeo dirigió a un invasor: "Que su mañana sea hermosa, que el sol brille en las armaduras de sus soldados - porque durante la tarde yo le derrotaré". Gracias por permitirnos a todos, un ejército de anónimos que se manifiestan por las calles intentando parar un proceso ya en marcha, conocer la sensación de impotencia, aprender a lidiar con ella y transformarla. ......Por lo tanto, aproveche su mañana y la gloria que ella aún pueda traerle. Gracias porque no nos escucho y por no tomarnos en serio. Pero sepa que nosotros le escuchamos y no olvidaremos sus palabras. Gracias, gran líder George W. Bush. Muchas gracias. B-52Juan José Millas (Publicado en El País, el 4 de abril de 2003) Una mariposa macho tiene menos envergadura que un B-52, pero es capaz de recorrer decenas de kilómetros, desafiando toda clase de obstáculos, para copular con una mariposa hembra. El B-52, por su parte, recorre miles de kilómetros sin otro objeto que el de amputar los brazos a un crío de 11 años. La mariposa macho perece de amor tras la cópula, mientras que el B-52 regresa sin un rasguño al punto de partida, donde da un trago y vuelve a la carga. No sabemos cuántas mariposas revientan cuando bombardeamos un mercado árabe, pero uno de los últimos proyectiles arrancó de cuajo las alas al pequeño Alí Smain, cuyos muñones se deberían exhibir desde mañana mismo junto a esa imagen en la que los 183 diputados del PP se aplaudían a sí mismos, con una excitación sexual incomprensible, después de haber votado en bloque un sí a la guerra. Al poco del apareamiento, el abdomen de la mariposa hembra se abre y riega el campo de huevos fecundados. Al poco del arrebato venéreo de los populares, los abdómenes de los B-52 se abrieron y comenzaron a descargar sobre las casas de adobe una lluvia de fuego. La mariposa es el sueño de la oruga como el B-52 es el sueño de Aznar. Cada gusano sueña según sus complejos y la realidad es el resultado de esos sueños. Por cierto, que una cosa envidiable de la mariposa es que puede volar durante la cópula multiplicando así el placer de todos sus sentidos. Si a usted y a mí, pobres mortales ápteros, nos parece que flotamos en el aire al follar, imagínese lo que sería salir por la ventana durante el acoplamiento y tener un orgasmo en la vertical de Bagdad o de Manhattan. También los B-52 se aparean en pleno vuelo. Quizá lo haya visto usted en la tele y tal vez se le hayan puesto los pelos de punta, como a mí, por la precisión con la que la verga de uno de los dos pájaros metálicos penetra en la abertura húmeda del otro. Sólo que en lugar de descargar sobre él unos gramos de dulce semen, lo llena de gasóleo hasta las cejas para prolongar su vuelo criminal. En este caso, se trata de un acoplamiento incestuoso, contra natura. De hecho, se lo hacen con la nave nodriza, o sea, con la que les amamanta, que es como si se lo hicieran con su puta madre. Malditas sean las guerras(Palabras de Julio Anguita tras conocer la muerte de su hijo, el periodista Julio A. Parrado) Malditas sean las guerras, y los canallas que las apoyan. Castigo y crimen(Juan Goytisolo. Tribuna de Opinión en El País, 16 de abril de 2003) Mi aversión a Fidel Castro es comparable a la que suscitaba en mí Sadam Husein. Uno y otro encarnan lo peor del tradicional caudillismo árabe e hispano: control absoluto del poder, opresión, demagogia populista, supresión implacable de toda forma de disidencia, juicios sumarios de corte estaliniano... Si el primero no ha llegado a emplear gases tóxicos contra su propia población no ha sido por razones humanitarias, sino porque no necesita llegar a tal extremo: su mano de hierro es el arma disuasoria suprema. Ahora bien, si para castigar la tiranía de Castro y su violación de los derechos humanos por espacio de más de cuatro décadas, el Gobierno de Bush organizara un ejército de invasión de 300.000 soldados, arrojara millares y millares de misiles, bombas inteligentes y de racimo sobre la desdichada población cubana, destruyese o dañara gravemente La Habana, Santiago y Cienfuegos, y acabara con la vida de incontables civiles inocentes, mis sentimientos de horror e indignación -y los de toda la comunidad hispánica de naciones- habrían sido idénticos a los experimentados estas últimas semanas durante el desarrollo triunfal de la Operación Libertad para Irak. Castigar a todo un pueblo por los crímenes de su dictador repugna a la conciencia civilizada del mundo. Sobre todo cuando los argumentos invocados para la "misión redentora" son totalmente falsos. En 2003, Sadam Husein no constituía una amenaza creíble ni para Estados Unidos ni para ningún país de Oriente Próximo; las famosas armas químicas y biológicas eran pura propaganda del Pentágono; los iraquíes deseaban, desde luego, zafarse de él, mas no a costa de millares y millares de familias destruidas. Pero el éxito arrollador de la operación, aun con sus daños colaterales, y la explosión de orgullo nacional norteamericano tras el dolor y sentimiento de vulnerabilidad del 11 de septiembre, han ahogado las voces de protesta o de disensión. Irak es ya un protectorado militar norteamericano, la Casa Blanca dibuja ya el nuevo mapa de la región conforme a sus intereses económicos y estratégicos, los grandes consorcios próximos al poder se reparten ya los dividendos de la reconstrucción de Irak (España, gracias a Aznar, tendrá su tajadita). Los perdedores -la totalidad de los pueblos árabes, salvo Kuwait, la vieja Europa, los países que no apoyaron el ultimátum de las Azores y la doctrina imperial del titular de la Casa Blanca- asisten impotentes al establecimiento de un nuevo orden mundial, en realidad, la ley de la selva, y al menosprecio de las instituciones internacionales creadas al fin de la Segunda Guerra Mundial. Sadam Husein ha recibido el condigno castigo y quienes sufrieron su tiranía aplauden el derribo de sus grotescas estatuas y el saqueo de sus palacios. En cambio, los crímenes cometidos en el curso de una guerra ilegal e ilegítima, como la que se ha llevado a cabo, permanecen envueltos en una nube de euforia amoral fomentada por la ubicua maquinaria mediática que nos bombardea a diario. La guerra de invasión del 20 de marzo no apuntaba sólo al régimen iraquí y al control de las inmensas reservas petrolíferas del país; entroniza el concepto de guerra preventiva, que podrá ser utilizado en adelante contra todo Estado que se oponga a los intereses geoestratégicos de una Administración secuestrada por un grupo de ideólogos extremistas y mesiánicos; Irán, Siria, Yemen (no incluyo en la lista a Corea del Norte ni a Pakistán, ya que ambos poseen el arma nuclear e imponen, por tanto, respeto al Pentágono). El desprestigio de la ONU, el retroceso de la Unión Europea, el clamor casi unánime de la opinión internacional, son sólo, a su vez, otros daños colaterales de la empresa bélica diseñada, como sabemos, con anterioridad a los atentados sangrientos de Al Qaeda. La nueva encarnación del Mal a ojos de Washington es, por esencia, atemporal y carece de fronteras precisas: ya no hay palestinos, ni chechenos, ni pueblos del antes llamado Tercer Mundo, víctimas del subdesarollo, iniquidad y opresión. Su suerte no interesa a los Cristianos Renacidos de la Casa Blanca ni a los consorcios petroleros y del complejo militar-industrial que los patrocinan. Por fortuna, Bush -presidente ilegítimo y responsable directo de una guerra ilegítima- no es Hitler ni Stalin. Cuando, pasada la embriaguez de la victoria, el pueblo norteamericano advierta las consecuencias desastrosas de su política, podrá ser derrotado en las urnas y sustituido por un demócrata para quien la visión del mundo se extienda más allá del maniqueísmo religioso, del fundamentalismo del mercado y una miopía funesta en cuanto al porvenir más que precario de nuestro planeta. Tonto(Juan José Millás. Última página de El País, 25 de abril de 2003) Señor presidente del Gobierno: formo parte de eso a lo que usted se viene refiriendo despectivamente como "la coalición Llamazares-Zapatero", y no porque pertenezca a ninguna de esas formaciones políticas, sino porque he coincidido con su gente en las manifestaciones contra una guerra cruel, injusta, obscena e idiota que usted ha patrocinado hasta el delirio. Me considero, pues, damnificado por los insultos que dirige continuamente a esa "coalición". ¿Qué es eso de que para mí no sería una buena noticia el final de la matanza? Pero si yo no la quise. Eran usted y su ministra de Exteriores quienes en las reuniones internacionales, ¿lo ha olvidado?, se manifestaban con una violencia tal que el mismísimo Rumsfeld parecía, por contraste, una monjita. Fue usted el que viajó a las Azores mientras yo decía no, no, no, perseguido por su policía de usted con una furia incomprensible. Vea los vídeos. Durante todas estas semanas he tenido que descuidar mis ocupaciones, mi trabajo, mis rutinas para colaborar en la denuncia de ese disparate cuyo fin, ahora, resulta que sería una pésima noticia para mí. Señor presidente, he visto a mis ancianos padres jugándose su estructura ósea de cristal detrás de una pancarta y a mis hijos abandonar el colegio para gritar que no, que no, que no. ¿Y qué iba a hacer? ¿Obligarles a acudir a clase de biología cuando había tanta gente a punto de perder la vida? ¿Decirles que prepararan el examen de gramática, cuando vivíamos sin sintaxis? ¿Con qué cara viene usted a decirme que yo disfrutaba con la guerra? Creo que los ciudadanos deben un respeto a las autoridades políticas de su país, aunque no las hayan votado. Pero ese respeto deber ser mutuo. Permítame por tanto, ya que ha sido usted el que ha roto las reglas del juego, y si insiste en tacharme de radical, de extremista y de perverso, permítame, presidente, que le diga que es usted un tonto. Y mi afirmación sobre usted, al contrario de las suyas sobre mí, está documentada. Pasará a la historia como el tonto de las Azores porque era el único de aquel trío infausto que se encontraba allí por hacer bulto. Estoy, por cortesía, dispuesto a retirar estas palabras, pero sólo cuando usted retire las suyas. Suyo afectísimo. |
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