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Sur


3. Encarna de Salazar 

Encarna de Salazar vivía en lo más alto de Villa Copacabana, en una casa de buena construcción: ladrillo en vez de adobe, dos pisos, patio y una habitación independiente, a la que les invitó a pasar. En la habitación se amontonaban objetos decorativos y recuerdos, formando una abigarrada mezcolanza aderezada por el nada discreto color de las paredes, dos rosa salmón, las otras dos azul intenso; el olor indescriptible, mitad a viejo, mitad a podrido, que despedían las marmitas puestas al fuego en el patio,y el glugluteo persistente de los pavos que le ponía cortina musical a la escena. Tras hacerles esperar un rato —«Ahorita mismo los voy a atender»—, Encarna volvió, envuelta en una enorme bata de cuadros azules, que chirriaba sobre su pollera estampada, y tocada  con una gorra beige de tipo militar. Extendió sobre el aguayo que cubría la mesa otro más pequeño, en el que había un montoncito de hojas de coca, y se dispuso a iniciar el ritual. 

    El día anterior, Luisa e Irene habían subido a que Encarna les leyera la coca en su tenderete de Villa Armonía, donde atendía los lunes, miércoles y viernes. Luisa, que estaba bastante preocupada por el deterioro de su relación con Feliciano, llevaba ya un tiempo rumiando la idea de visitarla. Unos años antes Encarna había anunciado a Carmen, una amiga de Luisa, que pronto tendría un hijo, se casaría y viajaría por todo el mundo. En menos de un mes Carmen se quedó embarazada, volvió a ver a un antiguo enamorado que le propuso matrimonio al conocer su estado, y se marchó con él, poco después, a Suecia, para trasladarse más tarde a México y, de allí, a los Estados Unidos. Al marido, un diplomático al servicio de la monarquía sueca, le habían anunciado ya un próximo nombramiento como embajador en la República Argentina. 

    No era este el único prodigio de Encarna de Salazar. Entre café y café,  en el club de La Paz, Luisa les contó a Carlos e Irene su intervención en el caso de un hermano de Carmen, que había comenzado a perder la visión, al parecer debido a la formación precoz de cataratas. Si había que creer a Luisa, Encarna dejó corta, en esa ocasión, la mismísima historia de Tobías y el Ángel. En lugar de excrementos de golondrina, colocó al semiciego sobre la cabeza cinco lagartos, cuyo vientre acababa de abrir en vivo, le calzó de inmediato un gorro que le había dicho que llevase, y le ordenó que no se lo quitara, bajo ningún concepto, hasta tres días después. El hermano de Carmen volvió a casa con el gorro puesto y la cabeza ensangrentada, se sacó al tercer día los lagartos secos y se lavó cinco o seis veces de cabo a rabo, gastando un frasco de litro y medio de champú. Ahora dicen que ve perfectamente, sin que haya quedado rastro alguno de aquellas cataratas que le impedían distinguir tres en un burro. 

    Así que Luisa e Irene, a la que había picado la curiosidad, fueron a Villa Armonía, en busca de Encarna. Las acompañó la madre de Carmen, que oficiaba de maestra de ceremonias. Cuando, después de almorzar, Carlos se encaminó hacia el viejo caserón de Yanacocha con Mercado, donde tenía su sede el  Ministerio de Trabajo, con la intención de concluir la redacción de un informe que tenía atrasado, ellas ya estaban preparadas para iniciar el viaje. Aunque Villa Armonía quedaba dentro del casco urbano de La Paz, la comunicación con la barriada era difícil: había que cruzar los barrancos que forman, al buscar el camino de Río Abajo, los cauces del Choquellapu y del Orkojauira, y ascender luego trabajosamente por la ladera oriental, dejando a la derecha las cada vez más ruinosas instalaciones de la inacabada piscina cubierta y el pabellón deportivo de Alto Obrajes. Villa Armonía es un barrio de geografía variable, debido al efecto de los corrimientos y mazamorras que provocan las lluvias estivales, y está poblado en su mayoría, como corresponde a esa circunstancia y a su alejamiento del centro, por migrantes recientes, que todavía conservan sus tradiciones campesinas. 

    A su vuelta del Ministerio, ya de anochecida, Carlos encontró a las viajeras descansando. Ambas llevaban puesto aún el “plusher” negro y rojo con el que se uniformaban para bregar con los chicos en casa, ir al mercado o pasear, incluso por el centro de La Paz, cuando la ocasión no requería una mayor formalidad. No tuvo que insistir mucho para que le contaran los más relevantes sucedidos de su excursión: Encarna recibía bajo una sombrilla de lienzo blanco, similar a las que usan las caseritas del mercado, y a su alrededor bullía un pequeño enjambre de clientes y proveedores. Entre estos últimos había una vendedora de coca, que también ofrecía unos frascos con no sé qué potingues que a menudo requerían los ensalmos de Encarna; dos o tres cholas con pebeteros, que quemaban maderas aromáticas para ahuyentar a los espíritus, y un exorcista que bailoteaba continuamente mientras salmodiaba sus hechizos. Antes de hacerse leer la coca por Encarna, había que guardar cola ante el puestecito de la vendedora y comprar la correspondiente bolsa de hojas de coca, al precio, nada módico, de quinientos mil pesos bolivianos. Después, tras esperar un poco en otra cola —Encarna tenía muchos clientes— llegaba el turno de la lectura. 

    El ritual se repetía con pocas variantes. Encarna pedía al interesado un par de millones de pesos bolivianos, ponía el fajo de billetes sobre el aguayo, y le preguntaba qué es lo que quería saber. Luego sacaba unas hojas del montoncito y las colocaba cuidadosamente, con la cara más verde hacia arriba y algo separadas unas de otras, entre ella y el dinero: ésta representaba a la persona que quería conocer su suerte, ésta otra su hogar, aquélla su futuro amoroso, las de más allá su familia, su destino, su salud, sus negocios... Después, tomándolas de la bolsa que traía el cliente, iba dejando caer poco a poco más hojas sobre las que en principio había colocado: en su forma, su color, su textura y, sobre todo, en la posición en que iban cayendo, leía Encarna el pasado, el presente y el porvenir del consultante. Dejaba caer unas cuantas hojas más, hablaba luego un poco, limpiaba la esquina del aguayo retirando enamoramientos, pleitos, embrujos, ciáticas, deudas, asociaciones, fortunas o quebrantos, y volvía a colocar las hojas que le servían de referencia para responder a otras preguntas o ampliar detalles sobre las ya planteadas. Cuando consideraba que había terminado, guardaba la plata, despedía al cliente y llamaba al siguiente de la cola. 

    Las más de las veces, Encarna diagnosticaba un embrujo: «Hay una mujer morena, con los ojos grandes, que lo tiene embrujado. Tiene no más que hacerse curar, limpiar la maldad con que le atacan. Todo le va a ir bien, lindo, no va a tener problemas si se hace curar, si se saca el embrujo que le han hecho. Hasta ahora está trancado, no sabe bien como salir, está sufriendo. Tiene pues que curarse». Como quiera que el caso de Luisa era bastante comprometido —o que Encarna vio que su preocupación podía justificar el cobro de unos pesos adicionales— ese diagnóstico se completó con una indicación de tratamiento: había que desembrujarla con urgencia, pero eso requería ciertos preparativos y no podía llevarse a cabo en el tenderete de Villa Armonía. Esa es la razón de que al día siguiente, un sábado, Luisa, Irene y Carlos subieran a la casa que Encarna tenía hacia el 1.900 de la  calle Aramayo, en Villa Copacabana. 

    La condición de cliente nuevo dio a Carlos el derecho de ser el primero de los tres en buscar su futuro en las hojas sagradas. La voz monocorde de Encarna se encargó de hacérselo saber. 

    —Usted ha estado bastante trancado, pero Bolivia le está ayudando a salir de semejante trancadera. En su país hay gente que le quiere mal, gente que le tiene envidia porque no ha podido salir como usted. Ha tenido problemas con papeles y va a seguir  teniendo más cuando vuelva. Aquí le va a ir bien, puede tener algún inconveniente con el trabajo, pero lo va a solucionar. Lo van a querer bien en Bolivia. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse? 

    —No sé, dos años quizá... uno o dos  años.

    —¿No quiere acaso quedarse siempre en Bolivia? 

    —Tengo mi trabajo en España. 

    —Pero no va a volver pronto. Antes va a viajar. Usted va a viajar harto. Va a vivir en Brasil después de estar en Bolivia. Va a tener suerte... y va a tener otro hijo, un varoncito. —Encarna limpió de hojas de coca el aguayo y volvió a colocar sus referencias— Éste es usted, esto el hogar, esto el amor, esto la suerte, esto... vea, ¿no le dije?, un varoncito más va a tener —Había caído una hoja verde entre el hogar y el amor. 

    —¿Lo voy a tener con ella? —preguntó Carlos, refiriéndose a Irene. 

    —Quizá con ella, sí  —rió—. Quizá no. Pero mejor con ella, un varoncito bolivianito, pues. Téngalo con ella, los hermanos lo van a querer.

    Irene no parecía sentirse muy halagada, y dijo llanamente a Encarna que no pensaba tener más hijos. Encarna no le hizo mucho caso.

    —La  coca lo dice, pues. Usted es simpática, es buena y su marido la tiene que cuidar. Aquí, en Bolivia, hará bien en cuidarla. Va a haber gente que se interese por usted y es mejor que la cuide, no sea que usted decida buscar esos cuidados fuera. 

    —¿Y él? 

    —Él la quiere a usted ahora. No tiene que preocuparse. Pero hay una mujer morena, con los ojos grandes, que lo tiene medio embrujado. No es que esa mujer lo quiera mal; es su marido el que se quiere mal porque no consigue olvidarla —y se volvió hacia Carlos—. Atrévase a vivir con sus recuerdos. Nadie debería sentirse mal por haber querido, lo verdaderamente triste es no querer.   

    

Luisa, no muy convencida de querer someterse al ritual nosomántico, le había dicho a Encarna que no acababa de entender bien los consejos que le había dado la tarde anterior, que concretara más. Aunque Encarna le había encargado que llevara una muda limpia —al parecer, para pasar del diagnóstico a la terapia—,  volvió a leerle la coca. 

    —Usted es desgraciada en su hogar, y sufre mucho, aunque al principio le fue bien con su esposo. ¿Cuántos hijos? 

    —Tres, dos niñas y un niño.

    —Ya, la coca dice que el niño menor se parece mucho a su papá, que es todo un carácter. Su marido es muy especial, medio raro. ¿Cómo es que no ha venido? ¿No cree en los yatiris? 

    —No, no se interesa mucho por estas cosas, doña Encarna, y además le gusta dormir hasta tarde. 

    —¿Trabaja también en el Ministerio, como el señor? 

    —No, trabaja en casa. Tiene una beca de una fundación alemana y suele trabajar de noche... 

    —Ah, ¿sí? Yo he sabido curar a muchos alemanes, he curado al señor Whitückter... Mire pues, si usted lo piensa, no se va a separar; si no lo piensa, se separa. Pero las cosas pueden arreglarse, mejor no se separe... Sus hijos son muy inteligentes, pero debe tener cuidado. Aquí dice que las dos niñitas pueden ser una sola. Las tienen que cuidar, una de ellas puede enfermarse, y aquí dice que una sola va a ser. Si se separa van a pasarla mal, y una puede enfermar. Y usted está también embrujada. Hay un morocho, un mestizo con ojos medio claros, interesado por usted. No, no la quiere mal. No importa que no conozca a nadie así, puede aparecer mañana, dentro de quince días, puede que ya esté ahí y usted no se haya dado cuenta. Hay además otro en España, un trigueño alto y flaco. Usted sufre harto, pero eso tiene solución... Si se separa, la familia de su marido la va a querer muy mal, le van a querer sacar a los hijos. Venga recién mañana  en la tarde, porque en la mañana va a salir a pasear. Traiga ropa nueva de las niñitas y de su marido. La voy a lavar, a limpiar el embrujo, y después tendrá que quedarse un rato en la cama. Y usted, caballero —dijo, dirigiéndose a Carlos—, venga también mañana, venga y tráigase ropa de la señora. Pueden venir juntos, pero los curaré por separado y se quedarán descansando unas dos horas. Ahora deben darme plata para las medicinas: son caras y he de prepararlas para mañana.  Deben darme sesenta... 

    Ante el comentario de que sesenta millones era un precio excesivo y que no llevaban tanto dinero encima, Encarna rebajó el precio a cincuenta y se quedó con diez de cada uno a cuenta. Como después comentó Feliciano en el almuerzo —Luisa le había contado su visita a la bruja, sin precisarle mucho por qué había ido; tampoco sabía el precio, pues ninguno de los tres se atrevió a decírselo—, esa Encarna es muy lista, y debe ganar, con poco esfuerzo, mucho más que un ministro. Feliciano, por supuesto, a pesar de la invitación que le hizo Luisa, no iba a acompañarlos  al día siguiente: «No tengo ningún interés en botar la plata».

    

Por la noche tuvieron una pequeña reunión con otros españoles. Abusando de la hospitalidad de Luisa y Feliciano, que los habían acogido en su casa mientras encontraban apartamento para alquilar, Carlos e Irene habían invitado a algunos miembros de la colonia de cooperantes. El primero en llegar fue Jordi Riera, seguido, un instante después, por José Ángel. Los dos eran de la cooperación técnica del Ministerio de Trabajo: José Ángel, experto en formación profesional, y Jordi, técnico en seguridad e higiene industrial. Mientras llegaban los demás, Jordi contó que la noche anterior habían asesinado a la señora que le iba a alquilar una pieza en su departamento. Al parecer ella tenía antigüedades en la casa, y debieron entrar para robarlas, con la mala fortuna de que la encontraron allí y se la llevaron por delante. La suerte de Jordi fue que la señora, que tenía previsto viajar, había demorado por esa causa el arrendamiento, pues de otro modo podría haber sido él el victimado.           

    Agotado que fue, felizmente, el tema de los crímenes, comenzaron a dar cuenta del jamón que Carlos e Irene habían llevado de España. Había también pan con tomate, salchichón, chorizo, morcilla, patatas fritas y canapés de foie-gras, todo ello preparado por Irene y por Luisa entre comentarios sobre las revelaciones de Encarna. Feliciano, que como anfitrión hizo los honores, estaba inusualmente locuaz detrás de una corbata amarilla, encarnada y azul. Una de las rarezas de Feliciano eran sus corbatas, tan anticuadas como llamativas, vértice óptico de su figura estrafalaria. Solo sus ojos, de viva expresión, eran capaces de competir con la corbata cuando no llevaba puestos sobre las gafas los cristales ahumados con que defendía su desvaído azul de los rigores de la luminosidad altiplánica. 

    Inevitablemente, después de acabar con el vino y de mediar las viandas —en La Paz y de noche el apetito no suele ser demasiado intenso—, el tema de la bruja salió a colación, lo que permitió a Feliciano deslizar algunas críticas mordaces acerca de la credulidad y disposición a gastar alegremente el dinero de ciertas personas, engordándole el caldo a yatiris truchos que ni siquiera son, como manda la tradición, de sexo masculino. José Ángel, alineándose en la partida de los crédulos, contó que, en un viaje que había hecho recientemente a Cuzco, su novia se cayó fracturándose una clavícula y golpeándose también en la cabeza. Como no había a mano ningún médico, fueron conducidos a un curandero que le colocó no sé que emplastos mientras salmodiaba unos conjuros. Las radiografías que tres días después le hicieron en La Paz mostraban una rápida calcificación de la fractura que hacía innecesario un tratamiento más convencional. Feliciano contraatacó preguntándole a Carlos cómo iba a hacer para ir al Ministerio con un par de lagartos sobre la cabeza, y qué respuestas improvisaría para satisfacer la natural curiosidad del señor Ministro ante comportamiento tan desconcertante en un experto procedente de un país occidental y racionalista. Carlos, sin tenerlas todas consigo ante la imagen de Encarna untándolo con piel de rana, declinó hacer comentarios. 

 

De acuerdo con lo convenido, Luisa y Carlos volvieron al día siguiente a casa de Encarna de Salazar. Les hizo pasar a la habitación donde los había atendido la víspera y se sentó a platicar con ellos. Sobre un platito de fierro enlozado había hojas de coca. Luisa comentó lo caros que les habían parecido sus honorarios y ella sonrió. 

    —Así que le parece caro... Mire, por ese precio no solo quedará sanada usted, sino también su marido y los niños, y le aseguro que cuando vea los resultados le va a parecer barato. 

    Antes de que Luisa pudiera contestar sonó el teléfono. Encarna les dirigió una mirada de disculpa y descolgó el aparato. 

    —Holaaa.... Holaaa... ¿Cómo dice?... ¿Qué papel le falta?... ¡Ah, ya! No se preocupe, ahorita yo lo voy a sahumar... Ya... Adiós.

    Colgó y se volvió a dirigir a Luisa. —Y... ¿de qué parte de España es usted? 

    —Del centro, de Soria. 

    —¿Y su marido? 

    —Él es boliviano.

    —Así que había sido boliviano su marido. ¿Donde nació? 

    —En realidad nació en  Buenos Aires, pero su papá es boliviano y él se ha criado aquí, en La Paz. 

    —¿Y qué le pasa a usted con su marido? ¿Qué es lo que va mal en su matrimonio?

    —Todo. Falta comunicación, falta entendimiento, somos como dos mundos distintos. Otras veces creía que a pesar de nuestras diferencias podría funcionar, pero ahora me parece que no hay solución, y yo no puedo vivir toda mi vida así, sin esperanza para el futuro. No puedo estar siempre sufriendo.

    —¿Su marido la quiere? 

    —Seguramente sí, pero a su manera. Me da el cariño con cuentagotas, y eso no es suficiente para mí. Además, vive encerrado en su cuarto, estudiando y escribiendo, completamente al margen de los problemas cotidianos, del cuidado de los niños, de la vida en casa. Y se enfada cuando los niños gritan, o hay una puerta abierta... Su problema es que en su casa se lo han dado todo hecho, se ha acostumbrado a que le sirvan, a las exquisiteces propias de una familia que presume de culta aunque solo es engreída, que está convencida de que los demás son inferiores, incapaces de apreciar los matices que ellos, tan refinados, tanto cuidan... Y, de empezar así, ha acabado por ser un hombre raro, especial hasta para comer. ¿Sabe usted, Encarna?, no le gustan las papas, ni los porotos, ni los garbanzos, ni las lentejas… ni nada frito o con grasa. La única grasa que prueba es la mantequilla, que según él es una grasa distinguida, de gente bien.  

    Encarna, que había ido recolocando las hojas de coca mientras hablaba Luisa, puso más atención cuando llegó al tema de la comida.

    —Así que ni papas, ni porotos, ni grasas, ni fritos… ¿Qué come pues su marido, señora Luisa? 

    —Pescado, pastas… poco más. Pero no crea, eso no me preocupa… si no le gusta lo que cocino, que se haga invitar por sus papás.

    —Raro su marido —dijo Encarna, mirando a Luisa con ternura—. Los bolivianos todos medio raros son. Pero se va a arreglar. Por eso viene usted aquí, para curarse. La voy a curar a usted, y también a sus hijitos, y a su marido. Verá como las cosas cambian: hasta papas guisadas va a comer, y se va a poner cariñoso.

    —¿De verdad, doña Encarna? ¿Usted cree?

    —Ya verá pues, niñita. 

    —Y usted, doña Encarna, ¿qué tal se entiende con su marido? 

 

Carlos creyó que Encarna iba a contestar que allí no habían ido a hablar de ella, pero lo sorprendió de nuevo —ya le había sorprendido su capacidad de escuchar, su habilidad para crear un ambiente que hiciera fluir las confidencias— cuando, suspirando profundamente, comenzó a hablarles de su esposo. No era boliviano, sino peruano, lo que, a su modo de ver, representaba toda una garantía. También era militar, y, a pesar de las artes mágicas de doña Encarna, no vivía con ella. Algo debían haberse visto, sin embargo, pese a la lejanía, porque doña Encarna dijo haber tenido catorce hijos (once varoncitos, todos le viven), y la más pequeña, de unos diez años y guapísima, se había asomado un par de veces a la habitación. Por lo que doña Encarna contó, cuando ella tenía veintiséis años ocurrió algo que hizo que el amor o la pasión de su marido se convirtiera en una mezcla de respeto y temor: ella, devota de la Virgen de Copacabana, había hecho promesa de curar gratuitamente a tullidos y ciegos, y a ello se dedicaba en Perú. Una mujer se le encaró una noche, borracha, gritando y maldiciendo, mientras ella atendía a sus curaciones: 

    —¡Tres días te doy para que me embrujes, puta, embrújame si es que puedes, embrújame o deja ya de engañar a la gente! —Encarna imitaba los aspavientos y la voz enronquecida de la mujer—.  Tienes tres días y si no vete, no nos friegues más con tus rezos, gran puta, bruja del demonio… 

    —¡Virgencita de Copacabana! —se encomendó doña Encarna—.  Apártala de aquí, mira que esta niña que espera que la cure se va a morir si la vieja borracha sigue gritando. Apártala. Yo solo quiero hacer el bien como te prometí, Virgencita. 

    Pero la vieja, demasiado chupada, seguía desgañitándose en sus improperios, hasta conseguir que doña Encarna, desquiciada, echara el cierre al dispensario y despachara a sus enfermos. Dos noches más se repitió la historia, y a la tercera, harta ya de soportar la retahíla y pidiendo perdón anticipadamente a la Virgen de Copacabana por lo que iba a hacer, Encarna salió al campo, deshizo un montón de piedras que encontró y buscó entre los restos. Sacó un sapo, y era macho. Otro más, y macho. Los botó y siguió buscando. Macho igualmente resultó el tercero. Una víbora sacó después, y también macho era. 

    —¡Vieja de mierda! ¿Acaso no te voy a poder embrujar? 

    A la quinta vez, apareció la hembrita. Doña Encarna la agarró bien y se la llevó a casa. 

    La vieja no volvió a sus insultos. Se fue secando y retorciendo, como un ají colgado al sol. Le salieron escamas en las piernas y se arrastraba por el suelo. Como víbora era, menos la cara, que era cara de gente en cuerpo de culebra. 

    Mucho rogó la vieja a doña Encarna. No había sabido tener hijos, pero era ricacha. Cuatro o cinco casas y mucho oro y mucha plata tenía, y le ofreció a la Encarna dos de sus casas por romper el embrujo. Pero un embrujo no puede desatarlo quien lo ha amarrado, y doña Encarna se fue a Brasil, donde estuvo tres años curando hasta que supo que había muerto la vieja, y volvió otra vez a Perú antes de establecerse para siempre en Bolivia. Desde entonces, el militar la ha respetado y la ha temido. Ha cumplido como padre y como esposo sin entusiasmo, pero sin renuencia, y le ha mandado plata con cierta regularidad. A los hijos, los ha criado todos ella, pero de mayorcitos los ha ido enviado junto al padre, para que lo fregaran también a él un poco. 

 

Concluido el relato, pasaron al desembrujamiento. Luisa, de acuerdo con las instrucciones recibidas el día anterior, había llevado ropa de Feliciano y de las niñas. Encarna colocó primero sobre la mesa, en la que había puesto un pliego de papel blanco que tapaba el aguayo que la cubría, los calcetines, camisetas, pantaloncitos y camisas de las nenas. Destapó después una botella que contenía un líquido transparente. 

    —A ver, huela. Verá que buena medicina es.

    Luisa olió y estuvo de acuerdo. Parecía agua de romero. 

    —¿Cómo se llaman las niñitas? 

    —Antonieta y Andrea. 

    —Esto es de Antonieta —dijo, separando un montoncito de ropa, que colocó a la izquierda—, y esto de Andrea —en su voz no había la menor sombra de vacilación. Desplegó con cuidado las prendas y derramó sobre ellas algunas gotas del enjuague, mientras recitaba—. Embrujos, envidias, maldades, hechicerías, salgan de aquí. Fuera. Vengan, suerte y bondades, que sean alegres las niñitas, que estudien en Estados Unidos, Alemania o España, que estudien donde sea, pero que crezcan sanas y felices, Antonieta y Andrea, y que haya alegría en su casa y a su alrededor —después, dobló cuidadosamente las ropas de cada una, haciendo un pequeño paquete que apartó a su derecha, sobre el sofá, y colocó en la mesa la ropa de Feliciano   —¿Así que había sido boliviano su marido?. Hay muchas españolas casadas con bolivianos, ¿Verdad? —y se puso de nuevo a repartir hisopazos. Explicó que con esa bendición ritual y con otra medicina que después entregaría a Luisa para que la pusiera en el desayuno, el almuerzo y la cena de toda la familia y en las solapas de los ternos del señor, él se volvería más cariñoso, no lo mirarían otras mujeres y todo cambiaría de forma extraordinaria. La medicina, dijo, no debía cocinarse, sino añadirse al café, a la sopa o al guiso una vez que estuvieran preparados. Una o dos cucharaditas dos o tres veces al día serían suficientes para operar el milagro. 

    Tras perfumar también las ropas de Irene, llegó el turno de las abluciones. Como ya les había explicado el día anterior —Carlos le había dicho que después de visitarla tenía que pasar por el Ministerio, por si se le ocurría hacer algo parecido a lo de los lagartos—, se trataba de lavarlos para sacar de sus cuerpos la maldad que otros les arrojaban, y les enseñó, incluso, unas cajitas de sales de baño de la suerte, brasileñas, que aseguró haber adquirido a precio de oro. A Carlos le decepcionó un poco el material de importación, quizá porque esperaba algo de más raigambre aymara, por ejemplo uno de esos fetos de llama que vendían en la esquina de Sagárnaga y Linares, que dicen que traen suerte si se entierran en los cimientos de las casas. 

    Dada la intimidad de la operación —que vino a ser una especie de bautismo de inmersión y aspersión, todo combinado— pasaron al baño por separado. Cuando volvió Luisa, con el cabello enredado y cara de frío, Encarna hizo pasar a Carlos. El cuarto era húmedo y sombrío. En la bañera había un líquido de color ámbar, con restos de hojas y cenizas, que olía a primavera. Debía ser el agua en que se había bañado Luisa, pero no la cambió. Le hizo sentarse en la tina con las piernas encogidas y, ayudándose con un ramillete de flores color malva, le fue salpicando el cocimiento perfumado por todo el cuerpo, mientras canturreaba algo de lo que únicamente podía distinguirse una triple invocación dirigida al Santo Padre, Elohím y Jehová. Según contó Luisa, en su caso también fue aludido San Benito, no se sabe a santo de qué. 

    Carlos terminó el remojón, a indicación de Encarna, lavándose la cara y echándose agua fría con una totuma por la cabeza. Después se secó con la camisa que había llevado puesta y se vistió con la muda limpia que le había mandado llevar. Desconocedor del valor simbólico que ella podía otorgar a ese cambio de ropa, y dado que no había llevado para cambiarse más que calcetines, calzoncillos, un pantalón y una camisa de manga corta, metió la ropa usada en una bolsa y se dispuso a salir, en mangas de camisa, del cuartucho. Cuando se dio cuenta, Encarna le dijo que se pusiera el jersey: —¿Cómo va a salir así, con el frío que está haciendo—. 

    Aunque Feliciano había pronosticado que Encarna les haría dormir al menos cinco horas después del desembrujamiento, debido al estado de agotamiento en que el ritual —con profusa utilización, en su versión, de lagartos y ranas en número impar—  suele dejar al desembrujado, y que los envolvería en siete frazadas para provocarles la gran sudadera, no hubo necesidad alguna de encamarse. Carlos pensó que se debía a que no eran víctimas de un encantamiento demasiado serio, o a que doña Encarna era, en realidad, una bruja bastante urbana, con procedimientos un tanto alejados de los tradicionales. Así que, tras el rito parabautismal de purificación a que fueron sometidos, se preparaban ya para irse, oyendo las últimas explicaciones de doña Encarna sobre el correcto uso del potingue con el que aumentar la sopa y el té de la familia Alarilla, cuando sonó una vez más el teléfono. Encarna levantó el auricular y saludó amablemente, esperando sin duda el encargo de algún sahumerio. Su expresión, sin embargo, cambió conforme oía a quien se encontrara al otro extremo de la línea. Por fin, sin haber dicho nada más, pasó el teléfono a Luisa, indicándole que escuchara. Luisa solo escuchó unos segundos antes de espetar, con vigorosa furia hispánica: «¡Y usted más, señora!». 

    Cinco veces más volvió a sonar el teléfono. Un par de ellas fue Carlos el encargado de atender la llamada. Al escuchar su voz, el anónimo comunicante iniciaba una monótona letanía —Cojudo, alcahuete de la bruja, cojudo, alcahuete de la bruja…— que se interrumpía luego, al mezclarse el clic de interrupción con el inconfundible inicio de una carcajada reprimida. Al final, Encarna optó por descolgar el aparato para bloquear el rosario de insultos. 

 

La bondad de los procedimientos mágicos debe juzgarse por sus efectos. Y a corto plazo no fueron malos. Al volver a casa, Feliciano los recibió hecho un dechado de amabilidad y simpatía. Había sacado a los niños a pasear, estaba inusitadamente locuaz y hasta propuso jugar una partida al subastado, un juego que detestaba. A Carlos, usualmente tan poco afortunado con los naipes, le fue tan bien que a los veinte minutos de iniciada la partida ya había desplumado a Feliciano y a Irene. Luisa tenía también ante sí un buen montón de porotos, aunque no tan nutrido como el de Carlos. Cada vez que Luisa comentaba el cambio de actitud de Feliciano o su propia suerte en el juego, él, con un dejo inconfundible de ironía, apostillaba: «¡Es que ahora estás desembrujada, Luisita!». 

    Pero las prometedoras perspectivas de esa primera noche se fueron después diluyendo, conforme se acababa el suero taumatúrgico con el que Luisa aderezaba el condumio. Terminó separándose de Feliciano, del que ya está divorciada, y puso un negocio de hilaturas que le permite ir trampeando cuando él se retrasa con su asignación. Carlos no viajó a Brasil ni consiguió identificar, por más que ha estado rebuscando en sus recuerdos, quienes pudieron ser los envidiosos de los que le habló doña Encarna. Aunque no todo el esfuerzo fue baldío: las niñas de Luisa han crecido sanas y junto a ella; Carlos tuvo, también con Irene, un varoncito más, como doña Encarna había pronosticado, y el recuerdo de los ojos profundos de Laura Salvetti ya no le embota el corazón.

(Continuará)

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