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Sur1. Abrió el libro de SabatoAbrió el libro de Sabato, para continuar una lectura interrumpida quién sabe cuántos años atrás, y encontró entre sus páginas, metido en una carpetilla hecha con un recorte de cartulina doblado por la mitad y pegado con una cinta adhesiva que ya amarilleaba, un billete de cinco mil pesetas. Había cogido la novela de lo más alto de la librería del salón, donde habría ido a parar seis o siete años antes, cuando hicieron la última mudanza, y dedujo, basándose en la consistencia de la capa de polvo que cubría su lomo y sin tener que molestarse siquiera en considerar la incompatibilidad entre don Ernesto y los hábitos de lectura de sus familiares más próximos, que por fuerza había tenido que ser él mismo quien introdujera allí tan cuidadosamente los mil duros. Pero era incapaz de recordar a santo de qué había podido hacerlo. No era la primera vez que la memoria le jugaba una de esas pasadas. Casi siempre que le ocurría, tras una fase inicial de desconcierto, acababa recordando algún detalle que le permitía reconocerse en los vestigios del pasado con los que ocasionalmente tropezaba. Las más de las veces eran retazos de su vida que otros se habían tomado la molestia de coleccionar por él, y que impensadamente reencontraba: aquel retrato de mujer, esbozado apresuradamente en una hoja de papel pautado, que alguien había tenido la atención de enmarcar cuidadosamente con un paspartú gris; ese documento sobre planificación y evaluación de proyectos sociales que no sé quién le dijo que no sé cuándo habían utilizado en una investigación sobre no sé qué programa de asistencia integral que habían puesto en marcha a principios de los noventa en el PAMI -"Era bárbara, ché. Sos piola, una verdadera autoridad en la materia. No sabés el suceso que ha tenido la "Guía Morillas" entre los colegas bonaerenses"-; el rostro desconocido que de repente le sonreía, la boca sin nombre que lo llamaba por el suyo y le preguntaba por Irene y los niños En otros pocos casos, como había ocurrido ahora, había sido él mismo el coleccionista, pero un coleccionista asistemático y caprichoso, tan incapaz de catalogar con un mínimo de exactitud sus recuerdos como de poner orden en su atestada mesa de trabajo, en la que podían perderse durante meses los documentos que requerían un trámite más impostergable para reaparecer después, sin motivo aparente, cuando ya nadie los echaba de menos, como si únicamente quisieran recordarle una vez más que toda urgencia termina siendo indefectiblemente amortizada por el mero discurrir del tiempo. Así que, como sabían decir en Bolivia, "ni modo". Pasaron varios días y, por más que le daba vueltas a la hormigonera, el rastro de las cinco mil pelas seguía tan perdido como cuando se tropezó con ellas. Quizá por eso se resistía a gastarlas, aunque le habría venido bien el extra, y las guardó en el primer cajón del escritorio: allí al menos las vería a menudo, y sería menos probable que se le volvieran a despistar. Esas lagunas de la memoria no eran en modo alguno un asunto reciente aunque, pensándolo bien, era probable que en los últimos meses se hubieran reiterado más de lo acostumbrado, pero tampoco recordaba bien qué olvidos concretos habían llegado a preocuparle. La demencia senil es insidiosa como la cirrosis, pensó, alegrándose de haber dejado de beber y arrepintiéndose un poco de no haberse aficionado nunca al tabaco, que según algunos prevenía el Alzheimer, sin poder apartar de su mente la imagen de Paula aquel día en que le dio por llevarse recurrentemente a la boca una inexistente cucharada de sopa que remedaba con su pulgar. A las dos semanas, perdida la esperanza de recordar, decidió cambiar el billete y acabar con la angustia. Al decidirlo recobró un recuerdo de su infancia: "Moneda cambiada es moneda perdida", había escrito don Francisco en la pizarra para que él lo copiara diez veces con su inmadura caligrafía escolar, cuando tenía solo siete años. Solía usar para las muestras y dictados frases de ese tipo, cortas y asertivas, capaces de quedarse enganchadas entre los pliegues de la memoria y de reaparecer, oliendo a nuevas como recién planchadas, muchos años después. "El aire seca tanto como el sol", "A quien madruga, Dios le ayuda", "Vísteme despacio, que tengo prisa". Sacó el billete del cajón del escritorio y se lo echó al bolsillo. Esa misma tarde pagó con él una de las sesiones de masaje con las que intentaba sobrellevar los dolores de espalda que lo tenían semiencorvado. Tumbado boca abajo en la camilla, mientras sentía como los dedos firmes del masajista le iban recolocando los músculos, se fue despreocupando del asunto. Después se traspuso, como cada vez que lo dejaban relajándose al calor de la lámpara de infrarrojos, y todo fue ya olvido. Empezó a salir del amodorramiento al oír los pasos del fisioterapeuta, que venía a decirle que podía vestirse. Lo oyó vagamente apagar la lámpara y trastear en el tornillo de sujeción, repitiendo la rutina de otras muchas tardes, para girarla y permitirle levantarse con más comodidad de la camilla. Después escuchó un chirrido cuyo origen no supo identificar, porque se apartaba de la reiterada secuencia a la que había ido acostumbrándose, seguido de inmediato por un golpe seco, y sintió un dolor súbito que le desgarró el hombro izquierdo y acabó de raíz con su letargo. Al ver el rostro desolado del quiropráctico, que alternaba su retahíla de excusas con broncas maldiciones contra el mecanismo que habría tenido que permitir el giro de la lámpara, "fíjese que ayer mismo llamé para decir que tenían que volverlo a arreglar", se dio cuenta de que lo que le había sacado tan bruscamente del sopor no era el temido infarto, sino una simple quemadura. De camino para su casa pasó por la mía. Hipocondríacos como éramos los dos, no es extraño que la conversación derivara hacia el tema de los males que acechan tras el umbral de la madurez, o como quiera dar en llamarse esa banda de edad que se extiende desde que uno descubre que necesita gafas para cerca hasta que recibe la carta de la Tesorería diciéndole que ya tiene cotizaciones suficientes para cobrar el cien por cien de la pensión de jubilación. El recuerdo del infarto que unos meses antes había alterado el ritmo de mi vida, obligándome a reconsiderar las que hasta entonces había creído inamovibles prioridades, no impidió que me riera con él (a veces la risa puede ser una forma bastante eficaz de conjuro) de su miedo al sentir el aguijón ardiente de la lámpara. Hablamos de los achaques que empiezan a sufrir los cuerpos ya no tan gloriosos de los cuarentones, y de la desazón que se suele experimentar, pasada la mitad de la vida, cuando uno ve que la juventud se empeña en escaparse y que muchas de las aspiraciones que dieron alas a sus sueños ya no se van a poder cumplir. Y entre males del cuerpo y pesares del alma, se abrió paso el tema siempre huidizo de los afectos. Recuerdo que hice alguna broma a propósito de sus recurrentes viajes a América, de los que él siempre hablaba con nostalgia (yo me había dado cuenta de que solía volver rejuvenecido), y de su afición por los tangos, una música que definí, parafraseando a Discépolo, como pensamiento triste que se escucha (la verdad, no me imaginaba a Carlos bailándolos, era más bien chambón y algo chicato, bastante lejos del tipo enjuto y rompedor con el que uno suele asociar a los cancheros del canyengue) a lo que él contraatacó con otro tópico igualmente certero, precisando que, en esencia, los tangos eran, como había dicho alguna vez un psicoanalista cuyo nombre le había sido hurtado también por el olvido, un tratado desde y sobre el deseo, o, dicho de forma acaso menos delicada pero también bastante poética, la expresión vertical de un deseo horizontal. Cazando al vuelo su comentario, le recomendé que renovara su repertorio de casetes, que se había vuelto insufriblemente monotemático, incluyendo en él, si no quería salirse de sus conocidas lealtades latinas, algún vallenato, bachata, son, bambuco o merengue que diera un poco más de variedad a su particular kamasutra musical, porque, le dije, amar no tiene por qué significar necesariamente sufrir. Pero, como buen amante de los tangos, Carlos tenía mucho de neurótico obsesivo, y no parecía muy capaz de invertir el orden estratégico que solía aplicar, desde que se lo oyó a Goyeneche, para enfrentar su particular lucha contra la frustración inherente al deseo: "Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, y al fin andar sin pensamientos...". Y aunque al despedirse me prometió seguir el consejo de renovar su compendio melódico con alguna composición de Rafael Escalona, dijo que lo haría porque, al fin y al cabo, lo consideraba el Cadícamo del Caribe. "Seguro que podré disfrutar con la música de un hombre que mereció ser incluido con nombre, apellido y hasta filiación entre los personajes de Macondo, aunque fuera de pasada y a cinco páginas escasas del final, y que es todavía, a sus setentaytantos, enamoradizo, sentimental y de lágrima floja. En algún sitio leí que no hay hijo que no reconozca, ni niega un piropo, un verso o un canto improvisado. Sus composiciones sonaban en el salón de acordeones de "El Niño de Oro", ese raro cruce del burdel y zoológico en que se ambientan las penúltimas escenas de Cien Años de Soledad. Si Escalona se hubiera criado a orillas del Riachuelo habría compuesto tangos casi tan tristes como los de don Enrique". Después me di cuenta de que, mientras esperaba el ascensor, se había puesto a tararear, con menos ritmo incluso que intención, las autocompasivas estrofas de "Cuesta abajo". Era mucho pedir que así, de repente, se pusiera a construir una casa en el aire en vez de dedicarle una elegía al cordón de la vereda. Definitivamente, no estaba su ánimo para sintonizar con la parranda. El acordeón, la caja y la guacharaca tendrían que esperar su momento. Por lo pronto, triunfaba el bandoneón. |
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