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Sur


2. No alcancé a ver el vídeo 

No alcancé a ver el vídeo que habían emitido aquella noche en Antena Tres, pero ello no evitó que se instalara con fuerza en mi memoria la imagen borrosa, reproducida a la mañana siguiente en todos los periódicos, de Ramón Sampedro sorbiendo ávidamente el vaso de cianuro con el que apagó sus ansias de morirse. Unos días antes, cuando la noticia de su fin largamente anunciado saltó a los telediarios, lo que más me impactó -más, incluso, que la indeclinable determinación con la que Sampedro se había empeñado en acabar con su existencia- fue la mirada de Moncha, tan inquietantemente serena como una noche de novilunio. Se me escapó una lágrima al pensar lo duro que debía ser que a uno le pidieran esa clase de prueba de amor. 

No pude evitar acordarme de lo mucho que rumié, el verano anterior -curiosamente fue también en Galicia, mientras agotaba mis vacaciones- el tema de la muerte. Pero había sido una preocupación meramente intelectual, provocada por la necesidad de salir mínimamente airoso del compromiso en que me había metido cuando acepté hacerme cargo del pregón. Me tragué la lágrima y sonreí levemente, pero con una sonrisa de amargura, al caer en la cuenta de lo banales que podían llegar a resultar aquellas reflexiones que me empeñé en hacer sobre el sentido de la muerte, tan afanosamente hilvanadas, puestas frente a la inapelable voluntad de acabarse en la que habían encontrado sentido, por paradójico que pareciera, los últimos años de vida del tetrapléjico gallego. 

Cuando me llamó José Tornero mi primer impulso había sido negarme. No solo por mi poco menos que inexistente vinculación con la Cofradía, que se había reducido a la compra, y no todos los años, de algunas participaciones de Lotería de Navidad con la imagen del Santísimo Cristo del Consuelo, sino también, y principalmente, por mi indisimulado agnosticismo, que hacía de mí un sujeto bastante poco apropiado para pregonar las fiestas religiosas. Pero no pude resistirme a una petición que, como me dijo claramente Pepito, no se basaba en absoluto en mi idoneidad para glosar algún aspecto del catolicismo popular, idoneidad que él como Mayordomo y la Cofradía entera daban por descontada a pesar de mis reiterados argumentos en contra, sino en algo tan simple e incontestable como la amistad que nos unió de pequeños, desde que íbamos a la escuela de don Francisco y don Ramón, cuando los dos vivíamos en los pisos sindicales, aquéllos que quedaban un poco más allá de la casa-cuartel de la Guardia Civil, casi al final del pueblo, y que se prolongó en las veladas adolescentes del salón parroquial, y ahora me tocaba, en prenda de esa amistad, apechugar con el encargo para no dejarlo en mal lugar en su recién estrenada mayordomía. 

En el pregón no hablé -o así me parecía ahora, después de ver en el telediario de la tarde un fragmento del vídeo que había emitido Antena Tres la noche anterior- más que de algunos tópicos gastados: la angustia ante la nada del existencialismo, la rebelión contra el programa inexorable de la muerte, el puñetero miedo a dejar de existir que a tantos nos ha hecho agarrarnos al clavo ardiendo de una promesa de salvación eterna... Recordando el esfuerzo de Sampedro para alcanzar la paja y sorber el cianuro caí en la cuenta de que, al inventariar tantas y tan diversas manifestaciones del ansia de vivir, lejos de profundizar, como yo habría querido, en el sentido de la muerte, no había hecho, al fin y al cabo, más que un desesperado elogio de la vida. 

Ese repudio consciente de la propia existencia, tan desesperanzado e imparable, había puesto en cuestión algunas de mis más arraigadas convicciones. El gesto de Sampedro me había helado el aliento con su frialdad catódica, y supe que nunca podría borrarlo del recuerdo. 

Lo comenté con Carlos, que había tenido ocasión de conocer a mucha gente que no había querido dejarse vencer por las adversidades, y me dijo que también para él la decisión de Sampedro había sido particularmente difícil de asimilar, porque tenía la sensación de que, con ella -o más bien tras ella-, podían irse al garete muchos esfuerzos y muchas esperanzas.

Sampedro el apóstata, me dije, quizá asociando su apellido con una escena de los Evangelios que me había impresionado ferozmente en la infancia, esa del tajo en la oreja del sayón, las tres negaciones y el canto del gallo, e inmediatamente intenté borrar esas palabras que habían brotado de algún rincón oscuro de mi mente. No quería juzgar a Ramón, ni a Moncha. ¿Por qué no iba a poder ejercer Sampedro el derecho simple y llano a morirse, cuando tantos reniegan cada día del deber de vivir? Pero algo en mí seguía negándose a entenderlo. Carlos aventuró que quizá lo que nos irritaba era darnos cuenta de que, a veces, la desesperanza gana la última batalla y convierte la vida en una herida absurda -lo dijo de corrido, como si recitara, e impostando la voz- "...que busca en un licor que aturda la curda que al final acabe la función corriéndole un telón al corazón". Después, recuperando de nuevo sus propias palabras, añadió que esa irritación quizá no era más que el reflejo de nuestro miedo a reaccionar igual puestos en una situación parecida.

(Continuará)

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